Contempladores

El Reino de Dios se instaura con la Segunda Venida de Cristo

Capítulo 7: La Segunda Fase del Juicio de Dios: el tiempo de la ira de Dios o de las siete Copas

Indice general del libro


Capítulo 1: Los dogmas de fe católica sobre la Segunda Venida de jesucristo
Capítulo 2: La interpretación de las profecías mesiánicas del Antiguo Testamento
Capítulo 3: Los acontecimientos precursores de la Segunda Venida de Cristo
Capítulo 4: El surgimiento de la Gran Babilonia
Capítulo 5: El Juicio de Dios
Capítulo 6: Primera Fase del Juicio: el tiempo de la advertencia o de las 7 trompetas
Capítulo 7: La Segunda Fase del Juicio: el tiempo de la ira de Dios o de las 7 Copas
Capítulo 8: La materia del juicio de Cristo a la Iglesia
Capítulo 9: La Parusía del Señor
Capítulo 10: La instauración del Reino de Dios
Capítulo 11: El Juicio Final y el Reino de Dios eterno
Epílogo

Renovar La Renovacion Carismatica Católica Descarga aquí el Libro Completo en pdf para imprimir

Capítulo 7: La Segunda Fase del Juicio de Dios: el tiempo de la ira de Dios o de las siete Copas


  A) El tiempo de la ira de Dios.
  B) El arrebato de los elegidos
  C) El Nuevo o Segundo Pentecostés
  D) La resurrección de los santos muertos
     1) El hecho de la resurrección
     2) La primera resurrección
  E) La Transformación de los vivos y los muertos
  F) Las Bodas del Cordero con la Iglesia
  G) El juicio de los vivos que restan en la tierra
  H) Las siete Copas
  I) Resumen del Juicio de Cristo sobre los vivos y los muertos

Renovar La Renovacion Carismatica Católica Descarga aquí el Capítulo 7 en pdf para imprimir

A) El tiempo de la ira de Dios.

Lo que denominamos en el capítulo anterior “el tiempo de la advertencia de Dios”, que culmina con el toque de la Séptima Trompeta, tiene su sucesión cronológica en la entrega que se hace en el cielo, nuevamente a siete ángeles de siete copas que contienen la ira de Dios, que se manifestará en sendas plagas. Esto es muy sencillo de demostrar:

Al final de la descripción de lo que ocurre cuando el séptimo ángel toca su trompeta, tenemos este versículo:

Apoc. 11,19: “Y se abrió el santuario de Dios en el cielo, y apareció el arca de su alianza en el Santuario, y se produjeron relámpagos, y fragor, y truenos, y temblor de tierra y fuerte granizada.”

Creemos que el Capítulo 15 del Apocalipsis continúa la cronología a partir de aquí, ya que vuelve a describir exactamente la escena donde había quedado el pasaje anterior:

Apoc 15,5-6: “Después de esto ví que se abría en el cielo el Santuario de la Tienda del testimonio, y salieron del Santuario los siete Ángeles que llevaban las siete plagas, vestidos de lino puro, resplandeciente, ceñido el talle con cinturones de oro.”

Esto significa que la cronología del Apocalipsis pasa de la Primera Fase del Juicio de Cristo que describimos en el capítulo precedente, a la Segunda Fase, que denominaremos “el tiempo de la Ira de Dios” o “de las Siete Copas”.

También evidenciamos que con los toques de trompeta de los Siete Ángeles da comienzo el reinado de Jesucristo sobre la tierra y el tiempo de su Juicio sobre los vivos y los muertos, tal lo revelado en la Séptima Trompeta, juicio que se iniciará con la destrucción de la Gran Babilonia. En este pasaje tenemos una enumeración clara de la división en grupos de las personas que serán juzgadas.

Apocalipsis 11,18: “Las naciones se habían encolerizado; pero ha llegado tu cólera y el tiempo de que los muertos sean juzgados, el tiempo de dar la recompensa a tus siervos los profetas, a los santos y a los que temen tu nombre, pequeños y grandes, y de destruir a los que destruyen la tierra.”

Encontramos en este pasaje la siguiente enunciación:

a) Los muertos.

b) Los vivos:

*Los siervos de Dios, los profetas.
*Los santos.
*Los que temen el nombre de Dios, pequeños y grandes.
*Los que destruyen la tierra.

Es muy importante identificar quiénes componen cada uno de estos grupos según la terminología del Apocalipsis, para entender entonces cuál será el juicio de cada uno. Hay dos Salmos que parecen ser las fuentes de este pasaje del Apocalipsis:

Salmo 115, 9-13: “Tienen manos y no palpan, tienen pies y no caminan, ni un solo susurro en su garganta. Como ellos serán los que los hacen, cuantos en ellos ponen su confianza. Casa de Israel, confía en Yahveh, él, su auxilio y su escudo; casa de Aarón, confía en Yahveh, él, su auxilio y su escudo; los que teméis a Yahveh, confiad en Yahveh, él, su auxilio y su escudo. Yahveh se acuerda de nosotros, él bendecirá, bendecirá a la casa de Israel, bendecirá a la casa de Aarón, bendecirá a los que temen a Yahveh, a pequeños y grandes.”

Salmo 118, 2-4: “¡Dad gracias a Yahveh, porque es bueno, porque es eterno su amor! ¡Diga la casa de Israel: que es eterno su amor! ¡Diga la casa de Aarón: que es eterno su amor! ¡Digan los que temen a Yahveh: que es eterno su amor!”

El primer Salmo plantea la confianza en el Dios verdadero de los judíos, al contrario de los paganos que confían en sus ídolos inanimados. Se describen aquí tres grupos de personas:

*La Casa de Aarón: son los sacerdotes (Éxodo 40,13-15: “Vestirás a Aarón con las vestiduras sagradas, le ungirás, y le consagrarás para que ejerza mi sacerdocio. Mandarás también que se acerquen sus hijos; los vestirás con túnicas, los ungirás, como ungiste a su padre, para que ejerzan mi sacerdocio.”). Estos son los que llamaremos “santos” entre los cristianos de los últimos tiempos. *La Casa de Israel: es el pueblo de Israel, los judíos en general. Son los que denominaremos en general “cristianos”.
*Los que temen a Yahvé: son los prosélitos, los paganos que aceptan el Dios de Israel. Así denominaremos a las naciones no cristianas en los tiempos del fin, a los hombres y mujeres de buena voluntad, como los denomina modernamente la Iglesia.

Vamos a encontrar que el Juicio de Cristo en su Segunda Venida, se va a desarrollar de dos modos diferentes. Existirá lo que denominaremos juicio propiamente dicho o juicio definitivo, en el sentido que definirá irrevocablemente el destino eterno de aquellos que son juzgados, es decir, se pronunciará sobre su salvación o su condenación eternas, tanto sobre los vivos como respecto a los muertos.

Pero también se llevará a cabo un juicio diferente, que para distinguirlo del anterior lo llamaremos juicio momentáneo o transitorio, y que consistirá en la decisión del Juez supremo de permitir a determinado número de personas vivas que sobrevivan a los acontecimientos catastróficos de los tiempos del fin, y, por ende, de dejar que otros mueran y no queden en el mundo que seguirá al actual.

De los acontecimientos concretos que abarcan el Juicio de Cristo estudiamos en el capítulo anterior los que corresponden a la Primera Fase (las siete trompetas), y ahora desarrollaremos los que integran la Segunda Fase.

Para mayor claridad de este tema iremos mostrando el ámbito donde los sucesos se producen (en la tierra o en el cielo), y finalizaremos el capítulo con un cuadro sinóptico que nos resumirá el tema del juicio de los vivos y los muertos, visualizándose allí las diferentes posibilidades que existirán en este magno Juicio.

Los acontecimientos que describiremos serán los siguientes:

a) En el cielo:

        *El arrebato de los elegidos.
        *El Nuevo Pentecostés.
        *La resurrección de los santos muertos.
        *Las Bodas del Cordero con la Iglesia.

b) En la tierra:

        *El Juicio sobre el resto de la humanidad.

B) El arrebato de los Elegidos.

Al final del punto G del capítulo 6 nos encontramos con el suceso narrado por el Libro del Apocalipsis en el capítulo 11, donde los llamados “dos testigos” proclaman en forma profética el mensaje de Dios para los tiempos del fin.

A raíz de que esta tarea de evangelización y denuncia que llevan a cabo los apóstoles de los últimos tiempos atormenta a la gente de la tierra y molesta sobremanera al Anticristo porque socava su hegemonía, éste decide matarlos.

Pero entonces ocurre algo extraordinario: después de tres días y medio en que sus cadáveres permanecen insepultos a la vista de todos, a modo de escarmiento, de pronto resucitan y se ponen de pie, y a la vista de sus enemigos suben al cielo en una nube, obedeciendo la orden de una voz celestial que les ordena que suban.

La elevación al cielo de estos dos testigos resucitados nos enfrenta directamente a uno de los sucesos de los últimos tiempos que provocas más discusiones y controversias, y sobre el cual se dan explicaciones muy disímiles, aunque el tema prácticamente no se menciona en la doctrina católica: el arrebato de los elegidos.

Vamos a desarrollar a continuación nuestra visión, desde el punto de vista católico, de este acontecimiento que no podemos obviar porque lo presenta la Escritura.

La revelación más clara respecto a este suceso la da San Pablo:

1 Tesalonicences 4,15-18: “Os decimos eso como Palabra des Señor: Nosotros, los que vivamos, los que quedemos hasta la Venida del Señor no nos adelantaremos a los que murieron. El Señor mismo, a la orden dada por la voz de un arcángel y por la trompeta de Dios, bajará del cielo, y los que murieron en Cristo resucitarán en primer lugar. Después nosotros, los que vivamos, los que quedemos, seremos arrebatados en nubes, junto con ellos, al encuentro del Señor en los aires. Y así estaremos siempre con el Señor. Consolaos, pues, mutuamente con estas palabras.”

La palabra griega traducida por “arrebatados” es “harpadso”. San Pablo utiliza el mismo término una sola vez más en sus Epístolas:

2 Corintios 12, 2-4: “Sé de un hombre en Cristo, el cual hace catorce años - si en el cuerpo o fuera del cuerpo no lo sé, Dios lo sabe - fue arrebatado hasta el tercer cielo. Y sé que este hombre - en el cuerpo o fuera del cuerpo del cuerpo no lo sé, Dios lo sabe - fue arrebatado al paraíso y oyó palabras inefables que el hombre no puede pronunciar.”

Esta fue una experiencia personal de Pablo, tan intensa, vívida y conmocionante que el apóstol nunca logró saber si había sido arrebatado al cielo en espíritu o físicamente en su cuerpo. Allí recibió revelaciones sublimes, que seguramente formaron parte después de su enseñanza y doctrina. Es probable por lo tanto que la descripción que hace en la Carta a los Tesalonicences se derive de su propia experiencia.

Hay otros pocos lugares en el Nuevo Testamento que se encuentra esta expresión en griego; un ejemplo es el Libro de los Hechos de los Apóstoles:

Hechos 8, 36-40: “Siguiendo el camino llegaron a un sitio donde había agua. El eunuco dijo: «Aquí hay agua; ¿qué impide que yo sea bautizado?» Y mandó detener el carro. Bajaron ambos al agua, Felipe y el eunuco; y lo bautizó, y en saliendo del agua, el Espíritu del Señor arrebató a Felipe y ya no le vio más el eunuco, que siguió gozoso su camino. Felipe se encontró en Azoto y recorría evangelizando todas las ciudades hasta llegar a Cesarea.”

Aquí no hay duda que Felipe fue arrebatado en el cuerpo, desde el camino que baja de Jerusalén al sur, hacia Gaza, donde se encontró con el etíope eunuco, hasta Azoto, unos 30 kilómetros al norte.

Pero también en el Apocalipsis encontramos la misma expresión, en el Capítulo 12, que vamos a estudiar en detalle porque nos va a aportar mucha luz al tema del arrebato.

Apocalipsis 12, 1-6: “Una gran señal apareció en el cielo: una Mujer, vestida del sol, con la luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas sobre su cabeza; está encinta, y grita con los dolores del parto y con el tormento de dar a luz. Y apareció otra señal en el cielo: un gran Dragón rojo, con siete cabezas y diez cuernos, y sobre sus cabezas siete diademas. Su cola arrastra la tercera parte de las estrellas del cielo y las precipitó sobre la tierra. El Dragón se detuvo delante de la Mujer que iba a dar a luz, para devorar a su Hijo en cuanto lo diera a luz. La mujer dio a luz un Hijo varón, el que ha de regir a todas las naciones con cetro de hierro; y su hijo fue arrebatado (“harpadso”) hasta Dios y hasta su trono. Y la mujer huyó al desierto, donde tiene un lugar preparado por Dios para ser allí alimentada 1.260 días.”

Ya presentamos la figura de esta mujer coronada de estrellas al principio del capítulo anterior, y llegamos a la conclusión que personifica a la Iglesia de los tiempos finales.

Vemos que la mujer se encuentra en dos dimensiones distintas: primero en el cielo, y luego en la tierra, donde nace el hijo. Se describen así las dos dimensiones de la Iglesia, la celestial y la terrenal. Será en esta última donde se desarrollarán los acontecimientos que se narrarán en el pasaje.

La mujer está encinta, ya casi lista para dar a luz, con los dolores del parto inminente, y alumbrará un hijo varón. Este hijo apacentará a las naciones con un cetro de hierro y es llevado al cielo, fuera del alcance del ataque del Diablo. Ya antes hemos concluido que el hijo varón simboliza todos los santos vivos de los últimos tiempos, y estos serán arrebatados a la presencia de Jesús, tal como lo expresa el pasaje de 1 Tesal. 4,17.

Estos “santos” son los “siervos de Dios” elegidos para ser liberados de la gran tribulación final que sobrevendrá durante el tiempo del Juicio de Dios sobre la tierra, tal como vimos en el Capítulo 6.C. Son los 144.000 que, como número simbólico que engloba todas las “tribus” del Nuevo Israel de Dios, recibieron el sello de Dios en sus frentes.

Si bien el “cetro de hierro” caracteriza al Hijo de Dios en cuanto a su poder y dominio sobre el universo (Salmo 2,9: “con cetro de hierro los gobernarás”), el Señor delegará esta función de regir a las naciones en la tierra cuando llegue el Reino de Dios (ver Capítulo 7), tal como se expresa en la Carta a la Iglesia de Tiatira:

Apocalipsis 2, 26-28: “Al vencedor, al que se mantenga fiel a mis obras hasta el fin, le daré poder sobre las naciones: las regirá con cetro de hierro, como se quebrantan las piezas de arcilla. Yo también lo he recibido de mi Padre. Y le daré el Lucero del alba.”

Por lo tanto tenemos en el pasaje del ascenso al cielo del hijo de la mujer la primera afirmación del arrebato en el Apocalipsis. Este pasaje continúa más adelante:

Apocalipsis 12, 13-17: “Cuando el Dragón vio que había sido arrojado a la tierra, persiguió a la Mujer que había dado a luz al Hijo varón. Pero se le dieron a la Mujer las dos alas del águila grande para volar al desierto, a su lugar, lejos del Dragón, donde tiene que ser alimentada un tiempo y tiempos y medio tiempo. Entonces el Dragón vomitó de sus fauces como un río de agua, detrás de la Mujer, para arrastrarla con su corriente. Pero la tierra vino en auxilio de la Mujer: abrió la tierra su boca y tragó el río vomitado de las fauces del Dragón. Entonces despechado contra la Mujer, se fue a hacer la guerra al resto de sus hijos, los que guardan los mandamientos de Dios y mantienen el testimonio de Jesús.”

En este texto observamos que luego que el “hijo varón” colectivo es arrebatado al cielo (los elegidos) y que “el resto de su linaje” (los cristianos fieles que quedan en la tierra) sufrirán la persecución del Dragón, La Mujer es llevada al desierto donde será preservada por Dios durante el tiempo de la persecución del Anticristo.

Nos encontramos aquí con los dos aspectos que, unidos, conforman la definición de lo qué es la Iglesia: en primer lugar el misterio interior, que es la “comunión en Cristo” entre Dios y los hombres, y luego el misterio exterior, la institución de salvación, o sacramento de esa comunión, formado por la jerarquía y la comunidad de los santificados.

La jerarquía es arrebatada, junto a parte de la comunidad, y ambas son preservadas, mientras que el resto de la comunidad es mantenida en el mundo; a su vez, el misterio interior es preservado en el “desierto”, aunque, en principio, los sacramentos son abolidos bajo el reinado del Anticristo (ver Capítulo 6.F).

Todo este pasaje tiene fuertes reminiscencias del éxodo del pueblo elegido:

*El Dragón (Satanás) quiere detener la huída de la Mujer arrojando en pos de ella un torrente de agua, pero la tierra la absorbe, recordando el pasaje de los hebreos por el Mar Rojo en su huída desde Egipto, donde el cauce se seca formando un paso que permite su huída de los perseguidores egipcios.

*También el Libro del Éxodo refiere la salvación de los judíos en su huída al desierto como una intervención de Dios en los mismos términos en que lleva a la Mujer del Apocalipsis al desierto:

Éxodo 19,4: “Ya habéis visto lo que he hecho con los egipcios, y como a vosotros os he llevado sobre alas de águila y os he traído a mí.”

El contexto bíblico del desierto, en el Éxodo del pueblo de Dios por espacio de 40 años, nos presenta diversos acontecimientos que nos muestran una conclusión principal: el desierto fue el lugar que Dios eligió como refugio de su pueblo ante la persecución, donde fue especialmente protegido y donde Yahveh cerró su Alianza con él, al pie del monte Sinaí.

También en la historia del profeta Elías (1 Reyes 19, 1-18) vemos que para salvarse de la venganza del rey Acab, impulsada por su esposa pagana Jezabel, huye al desierto queriendo morir, pero allí es sustentado milagrosamente por Dios, hasta que tiene un encuentro con Yahveh en el monte Horeb y recibe la misión que deberá cumplir. Es decir, el desierto en la concepción bíblica que se alude en este pasaje del Apocalipsis, es un lugar donde Dios protege a los suyos contra los peligros y los enemigos, y que, a su vez, es un lugar privilegiado de encuentro con Dios.

Por lo tanto resulta claro para nosotros que el arrebato hasta Dios del “hijo varón”, y la huída al desierto de la Mujer coronada de estrellas representan el mismo acontecimiento visto desde dos puntos de vista o descripciones diferentes. Un poco más adelante veremos como allí, la Iglesia terrenal santa, llevada a la presencia de Dios, vivirá dos acontecimientos decisivos: el nuevo Pentecostés y las Bodas del Cordero.

Además de la interpretación eclesiológica de la mujer, es posible también una interpretación mariológica de esta figura.

María es designada por el mismo Jesús, mientras se encuentra en el Calvario, al pie de su cruz, como la Madre de Juan, el discípulo amado por el Señor, quien representa allí a todos los hombres, quienes tendrán así asignada para siempre la maternidad espiritual de la Virgen.

Ya se encuentra muy frecuentemente en la enseñanza de los Santos Padres y de la Tradición cristiana la figura de María proyectada en la de la Iglesia, y viceversa. Es que la conciencia de la Iglesia se percató muy pronto que María era como el espejo en el cual se ve reflejada la realidad eclesial.
Es decir, María es el arquetipo, el modelo conforme al cual Dios ha plasmado a la Iglesia, y es, a la vez, el ejemplo acabado de perfección al que la Iglesia busca tender en un esfuerzo constante de imitación.

El Concilio Vaticano II, en la Constitución “Lumen Gentium”, destaca este concepto:

53. “Efectivamente, la Virgen María, que al anuncio del ángel recibió al Verbo de Dios en su alma y en su cuerpo y dio la Vida al mundo, es reconocida y venerada como verdadera Madre de Dios y del Redentor. Pero a la vez está unida, en la estirpe de Adán, con todos los hombres que necesitan de la salvación; y no sólo eso, «sino que es verdadera Madre de los miembros (de Cristo)…, por haber cooperado con su amor a que naciesen en la Iglesia los fieles, que son miembros de aquella Cabeza.» (San Agustín).
Por este motivo es también proclamada como miembro excelentísimo y enteramente singular de la Iglesia, y como tipo y ejemplar acabadísimo de la misma en la fe y en la caridad, y a quien la Iglesia católica, instruida por el Espíritu Santo, venera como a madre amantísima, con afecto de piedad filial.”

Por lo tanto, en la imagen de la mujer del Capítulo 12 del Apocalipsis se puede también reconocer claramente la figura de María en los últimos tiempos. La Virgen es la que formará y engendrará, con el dolor de su Corazón Inmaculado ante la situación de apostasía de su Iglesia, a los Apóstoles y discípulos de los últimos tiempos, a ese resto santo que, en parte será preservado de la tribulación final con el arrebato al cielo, y que en otra porción quedará en la tierra resistiendo con paciencia y perseverancia las acometidas del Dragón.

María será la que se retirará al desierto, lugar de amparo de Dios y de encuentro con Él, acompañando a sus hijos elegidos, formando un nuevo Cenáculo donde, con su presencia amorosa, tendrá lugar el Segundo Pentecostés.

Siguiendo con el tema del arrebato de los elegidos, otra confirmación surge si observamos que Juan, al igual que Pablo, tiene su propia experiencia de ser arrebatado al cielo:

Apocalipsis 4, 1-2: “Después tuve una visión. He aquí que una puerta estaba abierta en el cielo, y aquella voz que había oído antes, como voz de trompeta que hablara conmigo, me decía: «Sube acá, que te voy a enseñar lo que ha de suceder después». Al instante caí en éxtasis. Vi que un trono estaba erigido en el cielo, y Uno sentado en el trono.”

Juan reconoce que la experiencia la tiene en estado de éxtasis, y en la visión observa una puerta abierta en el cielo, y una voz como de trompeta le ordena: “sube acá”. Es la misma orden que una fuerte voz desde el cielo le dice a los dos testigos: “subid acá” (11,12).

Al respecto tenemos otra confirmación. En la Carta a la Iglesia de Filadelfia (en el Capítulo 4 veremos que las cartas a las Siete Iglesias establecen la materia del juicio de Dios a su Iglesia, y el Reino como recompensa a quienes sean los vencedores de las distintas situaciones de pecado) encontramos la misma experiencia de Juan:

Apocalipsis 3, 7-11: “Al Ángel de la Iglesia de Filadelfia escribe: Esto dice el Santo, el Veraz, el que tiene la llave de David: si él abre, nadie puede cerrar; si él cierra, nadie puede abrir. Conozco tu conducta: mira que he abierto ante ti una puerta que nadie puede cerrar, porque, aunque tienes poco poder, has guardado mi Palabra y no has renegado de mi nombre. Mira que te voy a entregar algunos de la Sinagoga de Satanás, de los que se proclaman judíos y no lo son, sino que mienten; yo haré que vayan a postrarse delante de tus pies, para que sepan que yo te he amado. Ya que has guardado mi recomendación de ser paciente, también yo te guardaré de la hora de la prueba que va a venir sobre el mundo entero para probar a los habitantes de la tierra. Vengo pronto; mantén con firmeza lo que tienes, para que nadie te arrebate tu corona.”

“Mira que he abierto ante ti una puerta que nadie puede cerrar” le dice Jesús a la Iglesia de Filadelfia, que es precisamente la que recibe la promesa que será guardada de la hora de la prueba. Juan utiliza idéntica expresión en su experiencia personal: “he aquí que una puerta estaba abierta en el cielo”, por lo que podemos pensar con razón que se está refiriendo a la misma experiencia del arrebato. También surge de este pasaje una conclusión importantísima: los arrebatados serán preservados de las pruebas, es decir, son los 144.000 sellados del Capítulo 7 del Apocalipsis.

Ahora vamos a estudiar uno de los pasajes del Apocalipsis que nos da más elementos sobre el arrebato:

Apocalipsis 11, 1-6: “Luego me fue dada una caña de medir parecida a una vara, diciéndome: «Levántate y mide el Santuario de Dios y el altar, y a los que adoran en él. El patio exterior del Santuario, déjalo aparte, no lo midas, porque ha sido entregado a los gentiles, que pisotearán la Ciudad Santa cuarenta y dos meses. Pero haré que mis dos testigos profeticen durante 1260 días, cubiertos de sayal". Ellos son los dos olivos y los dos candeleros que están en pie delante del Señor de la tierra. Si alguien pretendiera hacerles mal, saldría fuego de su boca y devoraría a sus enemigos; si alguien pretendería hacerles mal, así tendría que morir. Estos tienen poder de cerrar el cielo para que no llueva los días en que profeticen; tienen también poder sobre las aguas para convertirlas en sangre, y poder de herir la tierra con toda clase de plagas, todas las veces que quieran.”

En primer lugar analizamos los versículos 1 y 2: allí Juan menciona a la “Ciudad Santa”, siendo que en el Apocalipsis se denomina con ese nombre a Jerusalén (ver Apocalipsis Capítulo 21), que, a su vez, simboliza a la Iglesia cristiana. La acción de medir tiene no sólo el sentido de preparar una construcción, sino también el de preservar algo.

En la imagen de la Iglesia (“Ciudad Santa”) encontramos el Santuario y el altar, que en términos judíos definen el lugar donde está la presencia de Dios; allí hay quienes están adorando a Dios, que son los que forman la Iglesia fiel, los siervos y santos, y ellos serán preservados de la tribulación, ejemplificada en el siguiente versículo por el pisoteo de los gentiles.

Estos escogidos no sufrirán daño, ya que serán arrebatados de la tierra, y no vivirán la última persecución del Anticristo durante los 42 meses simbólicos (tres años y medio). Este tiempo simbólico que define la persecución de los santos proviene del profeta Daniel (9,26-27), que define el tiempo de una semana de años como acción del “Príncipe que destruirá la ciudad”.
Esa semana se divide en dos partes de tres años y medio, separadas por un acontecimiento muy definido: cesará el sacrificio y sobre el Santuario vendrá la abominación desoladora. Ya volveremos sobre la aplicación de este tiempo que hace el Apocalipsis.

Luego sigue la descripción de las características de los Dos Testigos, que ya vimos que son la figura de los evangelizadores de los últimos tiempos, y que luego de ser muertos y resucitar, son llevados al cielo en una nube. Veamos en detalle los elementos que definen la identidad y personalidad de estos Dos Testigos, todos tomados del Antiguo Testamento, y como nos aclaran no solamente el “arrebato”, sino también la finalidad del mismo.

Enseguida notamos que tenemos una alusión clara a Elías y Moisés; Elías hizo bajar fuego del cielo que devoró a sus enemigos:

2 Reyes 1, 7-10: “Les preguntó: «¿Qué aspecto tenía el hombre que os salió al paso y os dijo estas palabras?» Le respondieron: «Era un hombre con manto de pelo y con una faja de piel ceñida a su cintura.» El dijo: «Es Elías tesbita.» Le envió un jefe de cincuenta con sus cincuenta hombres, que subió a donde él; estaba él sentado en la cumbre de la montaña, y le dijo: «Hombre de Dios, el rey manda que bajes.» Respondió Elías y dijo al jefe de cincuenta: «Si soy hombre de Dios, que baje fuego del cielo y te devore a ti y a tus cincuenta.» Bajó fuego del cielo que le devoró a él y a sus cincuenta.”

Igualmente Elías profetizó y no hubo lluvia por tres años:

1 Reyes 17,1; 18,1: “Elías tesbita, de Tisbé de Galaad, dijo a Ajab: «Vive Yahveh, Dios de Israel, a quien sirvo. No habrá estos años rocío ni lluvia más que cuando mi boca lo diga». Pasado mucho tiempo, fue dirigida la palabra de Yahveh a Elías, al tercer año, diciendo: «Vete a presentarte a Ajab, pues voy a hacer llover sobre la superficie de la tierra».”

Moisés convirtió el agua del río Nilo en sangre como señal para el Faraón, en la primera plaga con que hirió a los egipcios, aunque luego siguieron otras nueve.

Éxodo 7,19: “Yahveh dijo a Moisés: "Di a Aarón: Toma tu cayado, y extiende tu mano sobre las aguas de Egipto, sobre sus canales, sobre sus ríos, sobre sus lagunas y sobre todos sus depósitos de agua. Se convertirán en sangre; y habrá sangre en toda la tierra de Egipto, hasta en los árboles y la piedras.”

De esta manera los Dos Testigos quedan descriptos con los rasgos de Moisés y Elías. Pero, sin duda este hecho nos quiere mostrar algo muy importante: todos los evangelios sinópticos nos relatan la Transfiguración del Señor:

Mateo 16, 27-17,3: “«Porque el Hijo del hombre ha de venir en la gloria de su Padre, con sus ángeles, y entonces pagará a cada uno según su conducta. Yo os aseguro: entre los aquí presentes hay algunos que no gustarán la muerte hasta que vean al Hijo del hombre venir en su Reino.» Seis días después, toma Jesús consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los lleva aparte, a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos: su rostro se puso brillante como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. En esto, se les aparecieron Moisés y Elías que conversaban con él.”

Junto a Jesús transfigurado aparecen Moisés y Elías. La Transfiguración es claramente el cumplimiento de la promesa de Jesús que entre los que estaban con Él algunos verían al Hijo del hombre venir en su Reino, lo que se cumple seis días después con la Transfiguración, que muestra al Señor en la gloria que tendrá cuando vuelva en su Parusía.

En la Segunda Epístola de Pedro el autor le da a la Transfiguración, de la que él fue testigo presencial, precisamente el mismo significado de una visión de la Segunda Venida del Señor:

2 Pedro 1,16-18: “Os hemos dado a conocer el poder y la Venida de nuestro Señor Jesucristo, no siguiendo fábulas ingeniosas, sino después de haber visto con nuestros propios ojos su majestad. Porque recibió de Dios Padre honor y gloria, cuando la sublime Gloria le dirigió esta voz: «Este es mi Hijo muy amado en quien me complazco.» Nosotros mismos escuchamos esta voz, venida del cielo, estando con él en el monte santo.”

Pedro considera haber presenciado con sus propios ojos en la Transfiguración el “poder y la Venida de nuestro Señor Jesucristo”. Si aceptamos esto, entonces reforzamos la importante conclusión a la que habíamos llegado antes: los que serán arrebatados (figurados por los dos Testigos, aunque no necesariamente morirán y resucitarán como en este caso particular), volverán junto con Jesús a la tierra en la Parusía, acompañándolo, tal como lo muestra la escena de la Transfiguración del Señor, quien está acompañado precisamente por Moisés y Elías.

Pero el pasaje de Apocalipsis 11,3-6 que estamos analizando nos da otros elementos que refuerzan las conclusiones a las que ya hemos arribado. Presenta también a los dos Testigos como “los dos olivos y los dos candelabros que están en pie delante del Señor de la tierra”. Es una alusión al profeta Zacarías:

Zacarías 4, 1-14: “Volvió el ángel que hablaba conmigo y me despertó como a un hombre que es despertado de su sueño. Y me dijo: «¿Qué ves?» Dije: «Veo un candelabro todo de oro, con una ampolla en su vértice: tiene siete lámparas y siete boquillas para las siete lámparas que lleva encima. Hay también dos olivos junto a él, uno a su derecha y el otro a su izquierda.» Proseguí y dije al ángel que hablaba conmigo: «¿Qué es esto, señor mío?» Me respondió el ángel que hablaba conmigo y me dijo: «¿No sabes qué es esto?» Dije: «No, mi señor.» Prosiguió él y me habló así: Esta es la palabra de Yahveh a Zorobabel. No por el valor ni por la fuerza, sino sólo por mi Espíritu - dice Yahveh Sebaot -. ¿Quién eres tú, gran monte? Ante Zorobabel serás una explanada, y él extraerá la piedra de remate, a los gritos de "¡Bravo, bravo por ella!". Me fue dirigida la palabra de Yahveh en estos términos: Las manos de Zorobabel echaron el cimiento a esta Casa y sus manos la acabarán; (sabréis así que Yahveh Sebaot me ha enviado a vosotros). ¿Quién menospreció el día de los modestos comienzos? ¡Se alegrará al ver la plomada en la mano de Zorobabel! " Esos siete son los ojos de Yahveh: ellos recorren toda la tierra." Entonces tomé la palabra y le dije: «¿Qué son esos dos olivos a derecha e izquierda del candelabro?» (Añadí de nuevo y le dije: «¿Qué son las dos ramas de olivo que por los dos tubos de oro vierten de sí aceite dorado?») El me habló y dijo: «¿No sabes qué es esto?» Dije: «No, mi señor.» Y él me dijo: «Estos son los dos Ungidos que están en pie junto al Señor de toda la tierra».”

Los dos Ungidos son el príncipe Zorobabel (que figura en la genealogía de Jesús como descendiente de David, Mateo 1,12-13) y el Sumo Sacerdote Josué. Ambos, después del cautiverio de Babilonia, fueron quienes dirigieron la reedificación del Templo:

Esdras 3, 1-3: “Llegado el séptimo mes, los israelitas estaban ya en sus ciudades y entonces todo el pueblo se congregó como un solo hombre en Jerusalén. Josué, hijo de Yosadaq, con sus hermanos los sacerdotes, y Zorobabel, hijo de Sealtiel, con sus hermanos, se pusieron a reconstruir el altar del Dios de Israel, para ofrecer en él holocaustos, como está escrito en la Ley de Moisés, hombre de Dios. Erigieron el altar en su emplazamiento, a pesar del temor que les infundían los pueblos de la tierra, y ofrecieron en él holocaustos a Yahveh, holocaustos de la mañana y de la tarde;”

El profeta Zacarías toma las figuras de estos dos “ungidos” como signos claramente escatológicos:

Zacarías 3, 1-10: “Me hizo ver después al sumo sacerdote Josué, que estaba ante el ángel de Yahveh; a su derecha estaba el Satán para acusarle. Dijo el ángel de Yahveh al Satán: «¡Yahveh te reprima, Satán, reprímate Yahveh, el que ha elegido a Jerusalén! ¿No es éste un tizón sacado del fuego?» Estaba Josué vestido de ropas sucias, en pie delante del ángel. Tomó éste la palabra y habló así a los que estaban delante de él: «¡Quitadle esas ropas sucias y ponedle vestiduras de fiesta; y colocad en su cabeza una tiara limpia!» Se le vistió de vestiduras de fiesta y se le colocó en la cabeza la tiara limpia. El ángel de Yahveh que seguía en pie le dijo: «Mira, yo he pasado por alto tu culpa». Luego el ángel de Yahveh advirtió a Josué diciendo: «Así dice Yahveh Sebaot: Si andas por mis caminos y guardas mis prescripciones, tú gobernarás mi Casa, y tú mismo guardarás mis atrios: yo te daré plaza entre estos que están aquí». Escucha, pues, Josué, sumo sacerdote, tú y tus compañeros que se sientan en tu presencia - pues son hombres de presagio -: He aquí que yo voy a traer a mi siervo "Germen". Y he aquí la piedra que yo pongo delante de Josué; en esta única piedra hay siete ojos; yo mismo grabaré su inscripción - oráculo de Yahveh Sebaot - y quitaré la culpa de esta tierra en un solo día. Aquel día - oráculo de Yahveh Sebaot - os invitaréis unos a otros bajo la parra y bajo la higuera.”

Ya analizamos parte de este pasaje en el Capítulo 2.C. (La Quinta Trompeta) para fundamentar la expulsión de Satanás del cielo. Pero ahora vamos a enfocar nuestra mirada en otros elementos. En primer lugar vemos que Josué, que es definido como un “tizón arrebatado del fuego”, por sus ropas sucias, símbolo de pecado, ha sido llevado al cielo.

Allí, una vez reprendido el acusador, y echado del cielo a la tierra (Ap. 12, 7-9), Josué es limpiado de su culpa por el perdón divino, lo que simbolizan las nuevas ropas de fiesta, y se le anuncia que gobernará la Casa del Señor (el pueblo de Dios) y tendrá guardado un lugar en el cielo, entre los ángeles que están allí presentes.

Esto es lo que podemos llamar la confirmación en gracia de Josué, como prototipo de los arrebatados al encuentro con Jesús, un dato fundamental a tener en cuenta para más adelante (se tratará este tema en el próximo capítulo).

Así obtenemos una primera conclusión: estos dos testigos, bajo la figura de los dos Ungidos de Zacarías, muestran el poder político (rey) y el poder religioso (sacerdote) que gobernará el Reino terrenal de Dios, cuando vuelvan éstos que fueron arrebatados al cielo. Luego sigue la revelación a Josué que él y sus compañeros, que son varones de presagio, es decir, que son figuras de lo que vendrá, estarán acompañados por un “siervo”, el Germen, nombre claramente mesiánico (ver Capítulo 2) que designa a Cristo.

Volviendo al pasaje del Apocalipsis que estamos estudiando, veamos como prosigue:

Apoc. 11, 7-13: “Pero cuando hayan terminado de dar testimonio, la Bestia que surge del Abismo les hará la guerra, los vencerá y los matará. Y sus cadáveres (yacerán) en la plaza d ela Gran Ciudad, que simbólicamente se llama Sodoma o Egipto, allí donde también su Señor fue crucificado. Y gentes de los pueblos, razas, lenguas y naciones, contemplarán sus cadáveres tres días y medio; no está permitido sepultar sus cadáveres. Los habitantes de la tierra se alegran y regocijan por causa de ellos, y se intercambian regalos porque estos dos profetas habían atormentado a los habitantes de la tierra. Pero pasados los tres días y medio, un aliento de vida procedente de Dios entró en ellos y se pusieron de pie, y un gran espanto se apoderó de quienes los contemplaban. Oí entonces una fuerte voz que les decía desde el cielo: «subid acá.» Y subieron al cielo en la nube, a la vista de sus enemigos. En aquella hora se produjo un violento terremoto, y la décima parte d ela ciudad se derrumbó, y con el terremoto perecieron siete mil personas. Los sobrevivientes, presa del espanto, dieron gloria al Dios del cielo.”

Tenemos una serie de elementos importantes en estos versículos: vimos antes, comentando los versículos 1 y 2, que la Iglesia de los últimos tiempos (representada por Jerusalén, la Ciudad Santa) será pisoteada por los gentiles durante el término simbólico de tres años y medio, que es el tiempo tipo de la persecución del pueblo de Dios, expresada en el Libro de Daniel (7,25; 12,7).

¿Qué significa ese “pisoteo” de la Iglesia por los gentiles? Creemos que es la suplantación de la Iglesia fiel por la Iglesia falsa y apóstata, primero en tiempos de la Gran Babilonia, y finalmente bajo la acción del Anticristo. A este período se refiere el pasaje, que queda claro si vemos la figura de Jerusalén como personificación de la Iglesia.

Esta “Ciudad Santa” (11,2) será preservada en su núcleo de fe (el Santuario y el altar) por el arrebato de la jerarquía y fieles santos, como vimos anteriormente. El lugar de la Iglesia será tomado en forma total por la Iglesia apóstata del Anticristo y el falso profeta, según surge del análisis del versículo 11,8: “Y sus cadáveres –yacerán- en la plaza de la Gran Ciudad, que simbólicamente (espiritualmente) se llama Sodoma o Egipto, allí donde también su Señor fue crucificado.”

Lo que en general se traduce como “simbólicamente” es el adverbio griego “pneumatikos”, que en el Nuevo Testamento, además del pasaje estudiado del Apocalipsis, solamente se lo encuentra en:

1 Cor. 2,14: “El hombre naturalmente no capta las cosas del Espíritu de Dios; son necedad para él. Y no las puede conocer pues sólo espiritualmente (“pneumatikos”) pueden ser juzgadas.”

Este adverbio significa “con la ayuda del Espíritu Santo”, es decir, con la luz interior que otorga el Espíritu el creyente juzga e interpreta los acontecimientos de la historia de la salvación. Así veamos que nos dice el pasaje que estamos estudiando del Apocalipsis:

Se designa aquí como la “Gran Ciudad” a la realidad política, social y, por sobre todo, religiosa, que tiene las características de la Babilonia histórica y también de la Roma imperial, como lo hemos estudiado en el Capítulo 4. Algunos versículos antes se menciona a la “Ciudad Santa” (11,2), que sin duda se refiere a Jerusalén, con el Templo y el Santuario de Dios, es decir, en términos del Nuevo Testamento es la Iglesia fiel, el resto de los cristianos que no han caído en la apostasía y el engaño religioso.

Allí se nos dice que “el atrio exterior del Santuario” será entregado a los gentiles, mas no “el altar y los que allí adoran”. En nuestra interpretación, esto significa que ese “resto” de la jerarquía y los creyentes fieles (llamados en el Apocalipsis “los siervos, los profetas” y “los santos”) será arrebatado al encuentro con Jesús “en los aires”, y asimismo la Iglesia como misterio interior (como se vio al principio de este punto B) o Cuerpo Místico de Cristo (la Mujer coronada de estrellas de Apoc. 12,1-6) será “sacada” del mundo y tomará parte de las Bodas del Cordero junto a los santos arrebatados que vivan el Segundo Pentecostés (como se verá de inmediato en este capítulo).

De esta manera, lo que queda en la tierra, eliminada la presencia eucarística de Cristo por la abolición de la misa o “sacrificio perpetuo”, será solamente la iglesia falsa encabezada por el pseudo Profeta o “Bestia de la Tierra”, que le rinde culto al Anticristo, considerándolo el verdadero Jesucristo que ha vuelto a la tierra en su Segunda Venida.

Esta iglesia apócrifa, en el pasaje que estamos estudiando, se identifica con Jerusalén (“allí donde también su Señor fue crucificado), pero se dice que “espiritualmente” no es más que un remedo de la verdadera Iglesia, ya que se parece a Sodoma y a Egipto.

Bíblicamente Sodoma representa el rechazo a los mensajes de Dios, la caída en la depravación moral y el hacerse acreedor al severo juicio de Dios. En el Nuevo Testamento se asocia a Sodoma a las ciudades de Israel que rechazan el mensaje de salvación de Jesús:

Lucas 10, 10-12: “En la ciudad en que entréis y no os reciban, salid a sus plazas y decid: «Hasta el polvo de vuestra ciudad que se nos ha pegado a los pies, os lo sacudimos. Pero sabed, con todo, que el Reino de Dios está cerca. Os digo que en aquel Día habrá menos rigor para Sodoma que para aquella ciudad.”

En cambio Egipto es sinónimo de opresor, cuya conducta quedó marcada en forma indeleble en la memoria colectiva del pueblo israelita, que allí sufrió la esclavitud. Por lo tanto, la identificación “espiritual” de esta Gran Ciudad sobre la que ejerce su dominio el Anticristo, y que no es más que la continuidad de la destruida Gran Babilonia aunque en su trasfondo religioso es peor en su apostasía, queda muy clara: es una falsa Jerusalén, una falsa Iglesia de Cristo, la impostura total y final de Satanás para intentar borrar el cristianismo de la faz de la tierra.

El proceso que hemos visto puede resumirse entonces de esta manera: la Iglesia verdadera y fiel (Jerusalén, Ciudad Santa) será suplantada en buena parte por la iglesia apóstata de la Gran Babilonia, y finalmente sustituida en forma total, después del arrebato al cielo de la Ciudad Santa, por la Gran Ciudad (la Jerusalén hollada por el Anticristo), denominada simbólicamente como Sodoma y Egipto, por sus tremendas características anticristianas.

Los dos testigos son muertos por el Anticristo, resucitan y luego una voz les ordena “subid acá”, y se elevan al cielo. Al principio del Libro del Apocalipsis tenemos una escena muy similar:

Apoc. 4,1: “Después tuve una visión. He aquí que una puerta estaba abierta en el cielo, y aquella voz que había oído antes, como voz de trompeta que hablara conmigo, me decía: «sube acá, que te voy a enseñar lo que ha de suceder después».”

Juan ha escuchado una voz como de trompeta cuando tiene la visión de Jesucristo (Apoc. 1,9-20), y es el Señor que le hablará y le dará a conocer el contenido de las Cartas a las siete Iglesias. Aquí también vuelve a escuchar esa voz, que le ordena “sube acá”, por esa “puerta abierta en el cielo” que veía. Creemos que no hay duda que se trata de la misma experiencia que viven tanto Juan como los “dos testigos”, que no es más que el arrebato al cielo, “en el cuerpo o fuera del cuerpo”, según la expresión de San Pablo (2 Cor. 12,2) comentada más arriba.

Hemos visto la revelación que nos da el Apocalipsis sobre el arrebato de los elegidos, pero además encontramos muchas otras menciones sobre el tema del arrebato de los elegidos en el Nuevo Testamento, comenzando por los evangelios, que ahora vamos a examinar:

a) Mateo 24, 30-31: “Entonces aparecerá en el cielo la señal del Hijo del hombre; y entonces se golpearán el pecho todas las razas de la tierra y verán al Hijo del hombre venir sobre las nubes del cielo con gran poder y gloria. El enviará a sus ángeles con sonora trompeta, y reunirán de los cuatro vientos a sus elegidos, desde un extremo de los cielos hasta el otro.”

Cristo enviará a sus ángeles a reunir a sus elegidos. Vemos que esta reunión es sobre toda la tierra, indicada en la expresión “los cuatro vientos o cuatro ángulos de la tierra (por supuesto la tierra era considerada plana), pero van “hacia el cielo”, de “una extremidad (“akron” en griego) a la otra”. La expresión en griego tiene un sentido vertical, de abajo hacia arriba, como lo vemos en el único lugar del Nuevo Testamento en que se utiliza la misma palabra griega:

Hebreos 11,21: “Por la fe, Jacob, moribundo, bendijo a cada uno de los hijos de José, y se inclinó apoyado en la cabeza “(extremo”, “akron”) de su bastón.”

Por lo tanto esta reunión de los elegidos puede muy bien considerarse como el arrebato de los santos al encuentro del Señor en los aires.

b) Mateo 24,37: “Como en los días de Noé, así será la venida del Hijo del hombre.”

Los elegidos (Noé y su familia) serán preservados de la destrucción, encerrados en el Arca, que se levanta por encima de la tierra:

Génesis 7, 17-19: “El diluvio duró cuarenta días sobre la tierra. Crecieron las aguas y levantaron el arca que se alzó de encima de la tierra. Subió el nivel de las aguas y crecieron mucho sobre la tierra, mientras el arca flotaba sobre la superficie de las aguas. Subió el nivel de las aguas mucho, muchísimo sobre la tierra, y quedaron cubiertos los montes más altos que hay debajo del cielo.”

El Arca con Noé y su familia sube más alto que los montes más altos, llegando hasta el cielo. De la misma manera serán llevados los elegidos en la Venida del Hijo del hombre.

c) Lucas 17, 34-36: “«Yo os lo digo: aquella noche estarán dos en un mismo lecho: uno será tomado y el otro dejado; habrá dos mujeres moliendo juntas: una será tomada y la otra dejada.» Y le dijeron: «¿Dónde, Señor?» El les respondió: «Donde esté el cuerpo, allí también se reunirán los buitres.»

En esta expresión se traduce como “tomado” o “llevado” la palabra griega “para-lambano”, cuyo significado claro es “tomar consigo”, y tanto Lucas como Mateo la utilizan en sus evangelios exclusivamente con este sentido, en general aplicado a Jesús, quien “toma consigo” a determinadas personas. Veamos algunos ejemplos:

*Mateo 17,1: “Toma Jesús consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y los lleva aparte a un monte alto” (para que presencien su transfiguración).

*Mateo 20,17: “Cuando iba subiendo Jesús a Jerusalén, tomó consigo aparte a los Doce…”

*Mateo 26,37: “Y tomando consigo a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, comenzó a sentir tristeza y angustia”.

*Lucas 9,10: “Cuando los apóstoles regresaron, le contaron cuanto habían hecho. Y él, tomándolos consigo, se retiró aparte hacia una ciudad llamada Betsaida.”

*Lucas 18,31: “Tomando consigo a los Doce, les dijo…”

Vemos entonces que es lícito interpretar que estos hombres y mujeres son llevados a la presencia de Jesús, es decir, son arrebatados. Pero Lucas agrega un elemento muy importante: los discípulos, al oír esto de que algunos serán llevados, preguntan: “¿dónde?” Y la respuesta de Jesús es clara: “Donde esté el cuerpo (cadáver), allí también se reunirán los buitres.”

El señor utiliza un símil que quizás fuera un dicho de la época, pero significa que allí donde él se encuentre (en el aire), allí irán volando los buitres (serán arrebatados de la tierra a su encuentro).

Es interesante ver ahora como la palabra “parusía”, en su significado original en griego, expresa la dinámica del arrebato que estamos estudiando.

Vamos a tomar unos párrafos del excelente libro “La venida del Señor en la gloria” de Cándido Pozo, Capítulo II.1:

“Con la palabra Parusía se significa la segunda venida, todavía futura, del Señor en gloria, diversa de la primera venida en humildad: la manifestación de la gloria (cfr. Tito 2,13) y la manifestación de la Parusía (cfr. 2 Tes 2,8) se refieren al mismo acontecimiento.
El sentido de “venida en gloria” corresponde al significado de la palabra Parusía en el griego del período helenístico, ya a partir del siglo III antes de Cristo; el término comienza a utilizarse entonces para hablar de la entrada solemne y festiva de un príncipe, especialmente para visitar una provincia; un relieve singular se atribuye a la visita que hace un emperador a una provincia, que los cronistas áulicos se apresuran a describir como el hecho que introduce una nueva era. Este contexto de visita festiva de un príncipe hace inteligible el sentido de la expresión “al encuentro del Señor” en 1 Tesalonicences 4,17 como fórmula técnica para designar la ceremonia, quizás la más solemne e importante durante las visitas oficiales de los reyes a las ciudades helenísticas: el pueblo salía fuera de las murallas “al encuentro” del soberano para acompañarle en cortejo triunfal cuando entraba a la ciudad.
De esta manera, es sugestivo que el modo como San Pablo describe la Parusía en la más antigua de sus cartas sugiera, ya en su misma terminología, la idea de una visita solemne de un rey.”

Vemos por lo anterior que el término “Parusía” sugiere que aquellos que lo van a recibir al Señor saldrán a su encuentro (los santos elegidos en el arrebato) y luego entrarán junto con Él (los santos que lo acompañan en su Segunda Venida).

Queda por terminar de redondear otro concepto del arrebato de los elegidos: ¿Cuándo se produce? Ya vimos las

diferentes formas en que la Biblia nos presenta el encuentro de Jesús “en los aires” con sus elegidos. El mismo Señor, en sus discursos escatológicos, recomienda a los cristianos a huir cuando ocurra una señal precisa:

Marcos 13, 14-20: “Pero cuando veáis la abominación de la desolación erigida donde no debe (el que lea, que entienda), entonces, los que estén en Judea, huyan a los montes; el que esté en el terrado, no baje ni entre a recoger algo de su casa, y el que esté por el campo, no regrese en busca de su manto. ¡Ay de las que estén encinta o criando en aquellos días! Orad para que no suceda en invierno. Porque aquellos días habrá una tribulación cual no la hubo desde el principio de la creación, que hizo Dios, hasta el presente, ni la volverá a haber. Y si el Señor no abreviase aquellos días, no se salvaría nadie, pero en atención a los elegidos que él escogió, ha abreviado los días.” (cfr. Mateo 24, 15-21).

La señal que comenzará la gran tribulación estará dada por la aparición de la abominación de la desolación en el lugar santo, y allí es la última oportunidad de apartarse de la Gran Ciudad, Jerusalén, ocupada por el Anticristo, que sufrirá el juicio de Dios, ya que está por terminar el tiempo de misericordia, simbolizado por el tiempo de los toques de trompeta de los siete ángeles.

Por lo tanto es más que lógico pensar que el arrebato de los elegidos ocurre en el mismo tiempo en que el resto de los cristianos que quedarán en la tierra deben huir, y corresponde al momento en que el Anticristo logrará el apogeo de su impostura, que será cuando abolirá la misa y desaparecerá del mundo la presencia eucarística de Jesús, lo que permitirá la manifestación plena del "misterio de iniquidad".

C) El Nuevo o Segundo Pentecostés.

Después que se produjo el acontecimiento de Pentecostés, luego de la Ascensión de Jesús al cielo, el libro de los Hechos de los Apóstoles nos relata un discurso de Pedro, donde explica a la gente lo que han vivido los discípulos en el Cenáculo de Jerusalén, aplicando a lo sucedido una profecía de Joel, que dice lo siguiente:

Joel 3, 1-5: “«Sucederá después de esto que yo derramaré mi Espíritu en toda carne. Vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán, vuestros ancianos soñarán sueños, y vuestros jóvenes verán visiones. Hasta en los siervos y en las siervas derramaré mi espíritu en aquellos días. Y realizaré prodigios en el cielo y en la tierra, sangre, fuego, columnas de humo. El sol se cambiará en tinieblas y la luna en sangre, ante la venida del día de Yahveh, grande y terrible. Y sucederá que todo el que invoque el nombre de Yahveh será salvo.»”

Como en muchas profecías mesiánicas del Antiguo Testamento, aquí también no se hace una distinción entre las dos venidas de Jesús, pero evidentemente es aplicable a esas dos instancias diferentes. Comienza el pasaje del profeta diciendo: “Sucederá después de esto”, y lo que Joel describe en los dos capítulos anteriores no es más que el grandioso y terrible “Día de Yahveh”, que sobrevendrá como consecuencia de la ruina de la Casa de Israel, para castigar y eliminar a los impíos, y para rescatar a la porción del Pueblo de Dios que habrá escuchado la invitación de Dios a volver con él. Se manifestará entonces una promesa de prosperidad futura, y Dios hará la promesa del derramamiento de su Espíritu que vimos al comenzar este punto.

A su vez la descripción de los fenómenos cósmicos anunciados para los últimos tiempos le da un sentido escatológico a esta profecía, por lo cual retenemos por muy válido pensar que con la Segunda Venida de Jesucristo se producirá un Segundo Pentecostés.

También Ezequiel profetiza sobre la restauración de Israel en los tiempos mesiánicos y el derramamiento del Espíritu Santo:

Ezequiel 36, 24-28: “Os tomaré de entre las naciones, os recogeré de todos los países y os llevaré a vuestro suelo. Os rociaré con agua pura y quedaréis purificados; te todas vuestras impurezas y de todas vuestras basuras os purificaré. Y os daré un corazón nuevo, infundiré en vosotros un espíritu nuevo, quitaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne. Infundiré mi espíritu en vosotros y haré que os conduzcáis según mis preceptos y observéis y practiquéis mis normas. Habitaréis la tierra que yo dí a vuestros padres. Vosotros seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios.”

A esta efusión del Espíritu de Dios seguirá la reconstrucción de todo lo destruido en el “Día de Yahveh”, de donde resulta claramente que se está hablando de los últimos tiempos, es decir, de la Segunda Venida de Jesús:

Ezequiel 36, 33-34: “Así dice el Señor Yahveh: El día que yo os purifique de todas vuestras culpas repoblaré las ciudades y las ruinas serán reconstruidas; la tierra devastada será cultivada, después de haber sido una desolación a los ojos de todos los transeúntes.”

También el profeta Jeremías describe en “los días que vendrán” la nueva y eterna Alianza que establecerá con su pueblo, con el “resto” salvado, implicando la misma que la Ley estará en el interior del corazón (dada por el Espíritu Santo):

Jeremías 31, 31-33: “He aquí que días vienen –oráculo de Yahveh- en que yo pactaré con la Casa de Israel (y con la casa de Judá) una nueva alianza; no como la alianza que pacté con sus padres, cuando les tomé de la mano para sacarles de Egipto; que ellos rompieron mi alianza, y yo hice estragos en ellos –oráculo de Yahveh-. Sino que esta será la alianza que yo pacte con la casa de Israel, después de aquellos días –oráculo de Yahveh-:pondré mi ley en su interior y sobre sus corazones la escribiré, y yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo.”

Hay que notar que la promesa es para “la casa de Israel y la casa de Judá”, es decir, la totalidad del pueblo de Dios, lo que no puede aplicarse a las 12 tribus de Israel, ya que 10 se perdieron para siempre en la historia. De acuerdo a nuestra interpretación vista en el Capítulo 2.B, aquí se está hablando de la reunión del pueblo judío con la Iglesia católica, lo que ocurrirá con la Parusía de Cristo.

Nos preguntamos ahora: ¿Dónde encontramos en el Nuevo Testamento la alusión al Segundo Pentecostés de los tiempos finales? No tenemos dudas que esto se encuentra en el Libro del Apocalipsis, que presenta el magnífico cuadro de la vivencia de los arrebatados en su encuentro “en el aire” con Jesús, y su experiencia del Nuevo Pentecostés:

Apocalipsis 14, 1-5: “Seguí mirando, y había un Cordero, que estaba en pie sobre el monte Sión, y con él 144.000, que llevaban escrito en la frente el nombre del Cordero y el nombre de su Padre. Y oí un ruido que venía del cielo, como el ruido de grandes aguas o el fragor de un gran trueno; y el ruido que oía era como de citaristas que tocaran sus cítaras. Cantan un cántico nuevo delante del trono y delante de los cuatro Vivientes y de los Ancianos. Y nadie podía aprender el cántico, fuera de los 144.000 rescatados de la tierra. Estos son los que no se mancharon con mujeres, pues son vírgenes. Estos siguen al Cordero a dondequiera que vaya, y han sido rescatados de entre los hombres como primicias para Dios y para el Cordero, y en su boca no se encontró mentira: no tienen tacha.”

Esta escena nos muestra a Jesús en la cima del monte Sión, y con él los 144.000 sellados con el nombre de Dios en la frente, que fueron preservados de las tribulaciones descriptas por la quinta y sexta trompetas, y arrebatados al encuentro del Señor ("rescatados de la tierra"). No se encuentran en el cielo, ya que escuchan un canto que viene del cielo, pero tampoco están en la tierra, sino en una altura sobre ella, figurada por la cumbre del monte Sión escatológico Nosotros interpretamos que éste es “el encuentro del Señor en los aires” que describe 1 Tesalonicences 4,17 de los santos arrebatados de la tierra. Para ese fin fueron preservados de las tribulaciones y finalmente arrebatados según lo visto anteriormente.

En este encuentro con el Cordero escuchan un “canto nuevo” que proviene del cielo, desde delante del trono de Dios. Todo indica que este “canto nuevo” es el que se entona en Apocalipsis 5,9-10, que declara que el Cordero “compró” para Dios hombres “de toda tribu, y lengua y pueblo y nación”, y los ha transformado en “un reino de sacerdotes, y reinarán sobre la tierra”.

Estos rescatados reciben pues la confirmación de lo alto, en una revelación del Espíritu Santo que se derrama sobre ellos, que aquí se presenta plásticamente como un canto que desciende del cielo. Nadie puede recibir en este momento esta efusión del Espíritu Santo excepto los que allí se encuentran arrebatados, por eso creemos que esta escena representa el Nuevo Pentecostés del que tanto se habla en nuestra época a partir de muchos de los mensajes de María (Ver “Los mensajes de María al P. Gobbi (Movimiento Sacerdotal Mariano) y la segunda Venida de Jesucristo”).

Esta escena tiene correlación estrecha con el pasaje de Zacarías 3,1-10 que acabamos de analizar, donde se ven con claridad los elementos de un derramamiento del Espíritu Santo.

Veamos ahora cómo son caracterizados estos elegidos:

En primer lugar se los describe como vírgenes, porque no se contaminaron con la fornicación con Babilonia como el resto del mundo, símbolo de la apostasía religiosa, tal como lo hicieron los reyes, los poderosos, los comerciantes, es decir, todos los que lucraban y se aprovechaban de ella.

También son “los que siguen al Cordero a dondequiera que vaya”, es decir, con el advenimiento del Anticristo se han negado a recibir su marca, han proclamado el Evangelio como testigos del Señor, y se han mantenido inconmovibles en su fe cristiana, sin dejarse embaucar por el falso Cristo y el falso Profeta ("en su boca no se encontró mentira"). Por eso han sido rescatados de la tierra y están destinados a ser las primicias de Dios en el Reino de Dios terrenal que pronto se inaugurará.

Es importante notar que la palabra que aquí normalmente se traduce como “rescatados”, en el original griego es “agoradso”, que significa literalmente “comprados”. En el Apocalipsis se utiliza además esta misma palabra solamente en el pasaje de 5,9-10: “Eres digno de tomar el libro y abrir sus sellos porque fuiste degollado y compraste para Dios con tu sangre hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación; y has hecho de ellos para nuestro Dios un Reino de sacerdotes, y reinarán sobre la tierra.” Jesús “compró” con el precio de su sangre derramada hombres para que sean sacerdotes y reinen sobre la tierra, y no queda duda que los primeros (“primicias”) son los 144.000 “comprados” también por el Cordero con su sangre, y que luego de vivir el Segundo Pentecostés gobernarán la tierra, como veremos en el Capítulo 10.

D) La resurrección de los santos muertos.

1) El hecho de la resurrección.

Desde el Antiguo Testamento aparecen alusiones a la resurrección personal, la que se producirá en un determinado momento histórico:

Daniel 12, 1-2: "En aquel tiempo surgirá Miguel, el gran Príncipe que defiende a los hijos de tu pueblo. Será aquél un tiempo de angustia como no habrá habido hasta entonces otro desde que existen las naciones. En aquel tiempo se salvará tu pueblo: todos los que se encuentren inscritos en el Libro. Muchos de los que duermen en el polvo de la tierra se despertarán, unos para la vida eterna, otros para el oprobio, para el horror eterno.”

Es clara la afirmación de la resurrección en este texto. La expresión “en aquel tiempo”, de uso común en los profetas, se refiere a los últimos tiempos en la historia del pueblo de Israel, en una perspectiva en que no se distinguen, sino que se superponen, los tiempos mesiánicos y la idea del tiempo final del mundo.

En el Libro de los Macabeos hay varios pasajes que también se refieren a la resurrección:

2 Macabeos 7,14: “Cerca ya del fin decía así: «Es preferible morir a manos de hombres con la esperanza que Dios otorga de ser resucitados de nuevo por él; para ti, en cambio, no habrá resurrección a la vida.»”

Esta resurrección, más adelante, se sitúa en un “tiempo de la misericordia”, que probablemente alude a los tiempos mesiánicos:

2 Macabeos 7,29: “«No temas a este verdugo, antes bien, mostrándote digno de tus hermanos, acepta la muerte, para que vuelva yo a encontrarte con tus hermanos en la misericordia.»”

En el Nuevo Testamento encontramos la revelación clara sobre la resurrección. Todos los teólogos coinciden que allí se habla de la resurrección de dos modos distintos: unas veces, de la resurrección universal, otras veces solamente de la resurrección de los justos.

a) La resurrección universal:

Juan 5, 28-29: “No os extrañéis de esto: llega la hora en que todos los que estén en los sepulcros oirán su voz y saldrán los que hayan hecho el bien para una resurrección de vida, y los que hayan hecho el mal, para una resurrección de juicio.”

Hechos 24, 14-15: “"En cambio te confieso que según el Camino, que ellos llaman secta, doy culto al Dios de mis padres, creo en todo lo que se encuentra en la Ley y está escrito en los Profetas y tengo en Dios la misma esperanza que éstos tienen, de que habrá una resurrección, tanto de los justos como de los pecadores.”

b) La resurrección de los justos.

Juan 6,54: “«El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día.»”

Lucas 14, 13-14: “«Cuando des un banquete, llama a los pobres, a los lisiados, a los cojos, a los ciegos; y serás dichoso, porque no te pueden corresponder, pues se te recompensará en la resurrección de los justos.»"

1 Corintios 15, 22-23: “Pues del mismo modo que en Adán mueren todos, así también todos revivirán en Cristo. Pero cada cual en su rango: Cristo como primicias; luego los de Cristo en su Venida.”

San Pablo presenta la resurrección siempre en referencia a la resurrección de Cristo, concibiéndola como el inicio de un proceso que continuará en el tiempo llegando a todos los hombres. Queda también determinado aquí que la resurrección se producirá en relación a la Segunda Venida de Jesús. La misma confirmación está en otras Cartas:

1 Corintios 15,52: “En un instante, en un pestañear de ojos, al toque de la trompeta final, pues sonará la trompeta, los muertos resucitarán incorruptibles, y nosotros seremos transformados.

1 Tesalonicenses 4,16: “El Señor mismo, a la orden dada por la voz de un arcángel y por la trompeta de Dios, bajará del cielo, y los que murieron en Cristo resucitarán en primer lugar.”

2) La primera resurrección.

Sin embargo el Libro de la Biblia que habla con más claridad sobre la resurrección de los muertos y el juicio de Dios, especialmente en su relación con la Parusía de Cristo, es el Apocalipsis. Pero, curiosamente, es el menos citado por los teólogos, porque ofrece dificultades de interpretación que son prácticamente insalvables en base a la doctrina católica tradicional, y que son las que pretendemos clarificar en esta obra.

Veamos un texto clave:

Apocalipsis 20, 4-6: “Vi también las almas de los que fueron decapitados por el testimonio de Jesús y la Palabra de Dios, y a todos los que no adoraron a la Bestia ni a su imagen, y no aceptaron la marca en su frente o en su mano; revivieron y reinaron con Cristo mil años. Los demás muertos no revivieron hasta que se acabaron los mil años. Es la primera resurrección. Dichoso y santo el que participa de la primera resurrección; la segunda muerte no tiene poder sobre éstos, sino que serán Sacerdotes de Dios y de Cristo y reinarán con él mil años.”

Vamos a dejar por ahora el problema de la duración de “mil años”, que estudiaremos en detalle en el Capítulo 7.B.2. Lo que queda claramente establecido en este pasaje es que hay una primera resurrección que acompaña a la Parusía, y que comprende a las almas de los santos mártires (degollados por causa de la Palabra de Dios y del testimonio de Jesús), concepto que debe hacerse extensivo a todos los santos que ya estén en ese momento en el cielo, como almas separadas, en presencia de Dios.

Esta primera resurrección no ofrece dudas que es la definitiva y que es de salvación, ya que se establece que los que resucitan ya no podrán sufrir la “segunda muerte”, que en el Apocalipsis significa la condenación eterna. También se establece que habrá una segunda resurrección, que obtendrán “los demás muertos”, después que transcurra ese período de “mil años”.

En el momento de la Parusía se habrá completado el número de los consiervos de estos mártires:

Apocalipsis 6, 9-11: “Cuando abrió el quinto sello, vi debajo del altar las almas de los degollados a causa de la Palabra de Dios y del testimonio que mantuvieron. Se pusieron a gritar con fuerte voz: «¿Hasta cuándo, Dueño santo y veraz, vas a estar sin hacer justicia y sin tomar venganza por nuestra sangre de los habitantes de la tierra?» Entonces se le dio a cada uno un vestido blanco y se les dijo que esperasen todavía un poco, hasta que se completara el número de sus consiervos y hermanos que iban a ser muertos como ellos.”

El importantísimo significado de este número que se debe completar lo desarrollamos en el Capítulo 6. Es decir, la Iglesia Celestial, a partir de este momento, queda poblada por una multitud de santos resucitados, que el Apocalipsis refleja en una magnífica escena:

Apocalipsis 7, 9-17: “Después miré y había una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas, de pie delante del trono y el Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos. Y gritan con fuerte voz: «La salvación es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero.» Y todos los Ángeles que estaban en pie alrededor del trono de los Ancianos y de los cuatro Vivientes, se postraron delante del trono, rostro en tierra, y adoraron a Dios diciendo: «Amén. Alabanza, gloria, sabiduría, acción de gracias, honor, poder y fuerza, a nuestro Dios por los siglos de los siglos. Amén.» Uno de los Ancianos tomó la palabra y me dijo: «Esos que están vestidos con vestiduras blancas ¿quiénes son y de dónde han venido?» Yo le respondí: «Señor mío, tú lo sabrás.» Me respondió: «Esos son los que vienen de la gran tribulación; han lavado sus vestiduras y las han blanqueado con la sangre del Cordero. Por esto están delante del trono de Dios, dándole culto día y noche en su Santuario; y el que está sentado en el trono extenderá su tienda sobre ellos. Ya no tendrán hambre ni sed; ya nos les molestará el sol ni bochorno alguno. Porque el Cordero que está en medio del trono los apacentará y los guiará a los manantiales de las aguas de la vida. Y Dios enjugará toda lágrima de sus ojos.»”

La que Juan observa es la Jerusalén Celestial, que estudiaremos en el Capítulo 7, definida claramente por su descripción del trono de Dios y de quienes lo rodean (Ancianos, Vivientes). Se observa la universalidad de esta Iglesia, donde conviven hombres de “toda nación, razas, pueblos y lenguas”. Están resucitados porque se encuentran “de pie”, y sin duda tienen cuerpos materiales, los que llevan las vestiduras blancas.

Hay que notar algo de mucha importancia: esta primera resurrección se produce en el momento histórico de la caída de Babilonia, ya que Apocalipsis 19,6 nos muestra que ya están los santos resucitados en el cielo alabando la caída de la Gran Ramera.

San Pablo, en 1 Tesalonicenses 4, 16-17 aclara que los vivos que serán arrebatados no se adelantarán a los santos que resuciten, quienes lo harán primero, mientras que como vimos en el punto anterior, el arrebato se produce estando ya en el poder el Anticristo.

Esta Iglesia Celestial, junto a la Iglesia terrenal arrebatada, se unirá a Jesucristo en las gloriosas “Bodas del Cordero”, como estudiaremos en el punto F.

E) La transformación de los vivos y de los muertos.

Ya vimos al principio de este capítulo el texto de 1 Tesalonicenses 4,15-18, donde San Pablo revela con claridad el denominado “arrebato” de los santos elegidos. Este pasaje tiene estrecha relación con otra revelación de San Pablo:

1 Corintios 15, 51-53: “¡Mirad! Os revelo un misterio: No moriremos todos, más todos seremos transformados. En un instante, en un pestañear de ojos, al toque de la trompeta final, pues sonará la trompeta, los muertos resucitarán incorruptibles y nosotros seremos transformados. En efecto, es necesario que este ser corruptible se revista de incorruptibilidad, y que este ser mortal se revista de inmortalidad.”

Observamos que aquí Pablo menciona el “toque de la trompeta final”! (“esjatos”), la que suena en el tiempo escatológico, al igual que en la Carta a los Tesalonicenses:

1 Tesalonicenses 4,16: “El Señor mismo, a la orden dada por la voz de un arcángel y por la trompeta de Dios, bajará del cielo y los que murieron en Cristo resucitarán en primer lugar.”

Estamos ubicados en la Parusía, donde los que “murieron en Cristo” (los santos) resucitarán. El texto anterior revela un “misterio”, algo oculto por Dios hasta ese momento, que refiere que los vivos, que serán “arrebatados en nubes al encuentro con el Señor” (1 Tesal. 4,17), serán transformados. Luego de esta transformación estarán con Jesús, junto a los resucitados.

Es sumamente importante determinar en qué consiste esta “transformación” en función de la enseñanza del apóstol. Veamos los elementos que nos provee este mismo capítulo 15 de la Primera Carta a los Corintios: En primer lugar establece un principio general:

1 Corintios 15,50: “Os digo esto, hermanos: la carne y la sangre no pueden heredar el Reino de los cielos; ni la corrupción hereda la incorrupción.”

Para entrar al Reino de Dios es necesaria una transformación, que se tiene que producir en “la carne y la sangre” y en la “corrupción”. Veamos más detenidamente el significado de estas palabras según la terminología bíblica:

a) Carne y Sangre:

Es una expresión hebrea que significa “el hombre natural”, el hombre sin la influencia del Espíritu de Dios. La encontramos en otros pasajes del Nuevo Testamento:

Mateo 16, 16-17: “Simón Pedro contestó: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo». Replicando Jesús le dijo: «Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos».”

A Pedro la revelación que Jesús es el Hijo de Dios no se la ha dado su inteligencia humana (la carne y la sangre), sino que es una revelación desde lo alto, de parte de Dios.

Gálatas 1, 15-17: “Mas, cuando Aquel que me separó desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia, tuvo a bien revelar en mí a su Hijo, para que le anunciase entre los gentiles, al punto, sin pedir consejo ni a la carne ni a la sangre, sin subir a Jerusalén donde los apóstoles anteriores a mí, me fui a Arabia, de donde nuevamente volví a Damasco.”

San Pablo tiene una revelación interior de Dios que decide su vocación de apóstol de los gentiles, a la que seguirá sin analizarla desde el punto de vista humano, lo que significa “no pedir consejo ni a la carne ni a la sangre”.

El apóstol define claramente lo que él interpreta como “carne”, más allá de ser la materia corporal: es la actitud del hombre “carnal”, de aquel que no se somete a la influencia del Espíritu de Dios:

Romanos 8, 2-13: “Porque la ley del espíritu que da la vida en Cristo Jesús te liberó de la ley del pecado y de la muerte. Pues lo que era imposible a la ley, reducida a la impotencia por la carne, Dios, habiendo enviado a su propio Hijo en una carne semejante a la del pecado, y en orden al pecado, condenó el pecado en la carne, a fin de que la justicia de la ley se cumpliera en nosotros que seguimos una conducta, no según la carne, sino según el espíritu. Efectivamente, los que viven según la carne, desean lo carnal; mas los que viven según el espíritu, lo espiritual. Pues las tendencias de la carne son muerte; mas las del espíritu, vida y paz, ya que las tendencias de la carne llevan al odio a Dios: no se someten a la ley de Dios, ni siquiera pueden; así, los que están en la carne, no pueden agradar a Dios. Mas vosotros no estáis en la carne, sino en el espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros. El que no tiene el Espíritu de Cristo, no le pertenece; mas si Cristo está en vosotros, aunque el cuerpo haya muerto ya a causa del pecado, el espíritu es vida a causa de la justicia. Y si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, Aquel que resucitó a Cristo de entre los muertos dará también la vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros. Así que, hermanos míos, no somos deudores de la carne para vivir según la carne, pues, si vivís según la carne, moriréis. Pero si con el Espíritu hacéis morir las obras del cuerpo, viviréis.”

En este pasaje de denso contenido teológico Pablo presenta la transformación interior que produce la vida cristiana, en oposición a las inclinaciones de la “carne”. En el pensamiento del apóstol, los hombres se dividen en dos categorías: el “hombre racional” o “psíquico”, y el “hombre espiritual”:

1 Corintios 2,14-15: “El hombre natural (“psíquico”) no capta las cosas del Espíritu de Dios; son necedad para él. Y no las puede conocer pues sólo espiritualmente pueden ser juzgadas. En cambio, el hombre espiritual lo juzga todo; y a él nadie puede juzgarle.”

También en la terminología paulina se utilizan las expresiones “hombre viejo” y “hombre nuevo”, así como “hombre exterior” y “hombre interior”, para significar las mismas realidades espirituales anteriores:

2 Corintios 4,16: “Por eso no desfallecemos. Aún cuando nuestro hombre exterior se va desmoronando, nuestro hombre interior se va renovando de día en día.”

Efesios 4, 20-24: “Pero no es éste el Cristo que vosotros habéis aprendido, si es que habéis oído hablar de él y en él habéis sido enseñados conforme a la verdad de Jesús a despojaros, en cuanto a vuestra vida anterior, del hombre viejo que se corrompe siguiendo la seducción de las concupiscencias, a renovar el espíritu de vuestra mente, y a revestiros del Hombre Nuevo, creado según Dios, en la justicia y santidad de la verdad.”

El “hombre viejo” se encuentra sometido a la acción de la concupiscencia que lo corrompe, mientras que el “hombre nuevo” es creado en santidad según la imagen de Dios.

Volviendo al texto de Romanos 8 que estamos analizando, es de gran importancia lo expresado en los versículos 6 y 7: las tendencias de la carne llevan a la muerte, mientras que las del espíritu producen vida y paz. El significado que da el apóstol a “vida” es obviamente “vida eterna”, o “vida en presencia de Dios”, o “vida en el cielo”, y como opuesto, “muerte” significa no la muerte corporal, a la que van a llegar todos, tanto los “carnales” como los “espirituales”, sino la imposibilidad de entrar en la vida en presencia de Dios, que es la “muerte segunda” de acuerdo a la terminología que emplea el Libro del Apocalipsis.

Este concepto se clarifica en los versículos 10 y 11: el cuerpo material (“soma”), formado por la carne, está sujeto a la muerte, pero el cuerpo espiritual o espíritu (“pneuma”) tendrá vida eterna. Esta vida se alcanzará después de la muerte corporal en virtud del Espíritu Santo que habita en el cristiano, ya que es Él mismo que con su poder resucitó a Jesús de entre los muertos. La resurrección de Cristo es anticipo y prenda de la resurrección de los cristianos en los que habita el Espíritu Santo.

El versículo final de este pasaje condensa la expresión teológica de Pablo: los que viven según el hombre carnal, el hombre viejo, morirán a la vida eterna junto a Dios, no tendrán parte en ella, lo que constituye la verdadera muerte, según el apóstol. En cambio, si mediante la acción del Espíritu Santo se hacen morir las obras del hombre carnal, lo que constituye la transformación del cristiano, se tendrá ya como primicias la vida junto a Dios para siempre, la verdadera vida, y, en esta terminología, no se “morirá”, sino que se “vivirá”.

b) Corrupción.

En el pensamiento de San Pablo es claro lo que este término quiere significar:

Efesios 4,22: “a despojaros, en cuanto a vuestra vida anterior, del hombre viejo que se corrompe siguiendo la seducción de las concupiscencias”

Ese “hombre viejo” se corrompe dejándose influenciar por la concupiscencia y todos los errores que surgen de la naturaleza humana caída y sujeta a la acción del pecado. La palabra griega aquí utilizada es “fzeiro”, que también encontramos en otros textos de Pablo que nos indican con precisión su concepto:

Romanos 1, 21-23: “porque, habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios ni le dieron gracias, antes bien se ofuscaron en sus razonamientos y su insensato corazón se entenebreció: jactándose de sabios se volvieron estúpidos, y cambiaron la gloria del Dios incorruptible por una representación en forma de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos, de reptiles.”

El hombre es corruptible, se encuentra sujeto a la influencia del pecado, ofuscado por sus razonamientos naturales oscurecidos por la herida del pecado original, al contrario de Dios que es incorruptible. La cualidad de “incorruptibilidad”, como atributo divino, designa también la que caracteriza la vida eterna en su presencia:

Romanos 2, 5-8: “Conforme a tu dureza y a tu corazón impenitente, te atesoras ira para el día de la cólera y de la revelación del justo juicio de Dios, el cual dará a cada uno el pago según sus obras; a los que, perseverando en el buen obrar, buscan honra, gloria e incorruptibilidad, vida eterna; más a los rebeldes, y a los que no obedecen ala verdad, pero sí obedecen a la injusticia, ira y enojo.”

Teniendo por lo estudiado antes el significado de “carne y sangre” y de “corrupción”, volvemos al análisis del texto de 1 Corintios 15 que tratamos en este punto, para definir el sentido de la “transformación” a la que se refiere Pablo. Hasta aquí hemos establecido qu7e hay una “transformación” por la gracia de Dios otorgada a los hombres por el don de la Redención de Jesucristo, que se explicita con diversas antinomias:

Transformación por la gracia
Hombre carnal ("psíquico") Hombre espiritual ("pneumático")
Hombre Viejo Hombre Nuevo
Hombre exterior Hombre interior
Naturaleza corruptible Naturaleza incorruptible
Hombre terrenal Hombre celestial

Esta “transformación” ocurre aquí en la tierra, durante la vida mortal de los hombres, por el poder y la acción del Espíritu Santo. Permite que el hombre no alcance la “muerte”, entendida como privación de la verdadera vida, la “vida eterna” en presencia de Dios, que sí queda a su disposición, obviamente en la medida que no pierda la gracia santificante por pecado mortal. Es decir, que en este sentido, el hombre es “inmortal”, como expresa el texto que estamos analizando al final: “este ser mortal se revista de inmortalidad”.

Con este análisis surge claramente lo que expresa Pablo al decir “no moriremos todos, pero todos seremos transformados”, cuando se produzca la Parusía del Señor.; el apóstol considera en este caso solamente dos grupos de cristianos: los santos muertos (“los de Cristo” muertos) y los santos vivos (“nosotros”, entre los cuáles se coloca hipotéticamente el mismo Pablo, no porque crea que va a estar entre los vivos al momento de la Segunda Venida, sino porque él se sitúa en el grupo de los santos).

Todos ellos viven la transformación de “hombres terrenales” en “hombres celestiales”: los santos muertos resucitan, ya liberados completamente de las actitudes del “cuerpo psíquico”, quedando solamente el “cuerpo espiritual”, que es el cuerpo material y glorioso de los resucitados, sin mancha alguna de pecado y eternamente impecables (obviamente aquí Pablo prescinde de la escatología intermedia, del estado del alma separada de los santos que va al cielo). Los santos vivos serán completamente transformados en “hombres espirituales”, quienes quedarán ya preservados de la “muerte segunda” por la “confirmación en gracia” (ver Capítulo 8.A.2).

Esta doctrina de Pablo se ensambla perfectamente en todo el desarrollo que hemos hecho en este capítulo, en cuanto a las siguientes afirmaciones:

*Los santos muertos tienen la primera resurrección, la que se produce en la Parusía.

*Los santos vivos son arrebatados al encuentro con Jesús y transformados por el Segundo Pentecostés.

Queda todavía en todo este desarrollo un aspecto que merece ser profundizado un poco, y es el que se refiere a cómo se llega en la práctica, en la vivencia de la vida cristiana, a la transformación del “hombre viejo” en “hombre nuevo”.

Esta transformación es la que la Teología Ascética y Mística define que se obtiene al alcanzar la perfección cristiana, o, en definitiva, alcanzar la santidad. Se produce por el continuo ascenso a través de los distintos grados de oración, y es más palpable cuando se penetra en la experiencia de la “contemplación infusa”, donde poco a poco el funcionamiento de la inteligencia del hombre al “modo humano”, es decir, siguiendo los pasos del razonamiento discursivo, va siendo reemplazada por otro mecanismo, que implica que el entendimiento es movido según el “modo divino”, es decir, a través de intuiciones que vienen de lo alto, del Espíritu Santo, que son captadas por la acción de los dones del Espíritu Santo llamados “intelectuales” (inteligencia, ciencia, consejo y sabiduría).

Estos impulsos o mociones de la gracia son los que informan la inteligencia del santo e impulsan a su voluntad para que accione en consecuencia, estando ella también fortalecida por la acción de otros dones (sabiduría, fortaleza, piedad y temor de Dios). Se eliminan así los errores del entendimiento influenciado por la deficiencia de su acción natural afectada por la enfermedad del pecado original (todo este proceso puede verse en nuestro libro “La Vida Cristiana Plena - Segunda Parte Capítulo 4 ”).

Tal como desarrollamos al final de ese libro, siguiendo al gran autor espiritual P. Garrigou-Lagrange, en su obra “Las tres vías y las tres conversiones”, la transformación interior total del cristiano, cuando llega al máximo grado de unión con Dios aquí en la tierra, que es la llamada “unión transformante” o “matrimonio espiritual”, es lo que vivieron los apóstoles y discípulos en el acontecimiento de Pentecostés.

La fuertísima vivencia del Espíritu Santo que tuvieron esos cristianos reunidos junto a María en el Cenáculo de Jerusalén, los purificó y transformó profundamente, confirmándolos en la fe y llevándolos a esa profunda unión con Dios, que luego experimentarán muchísimos otros grandes santos en la historia de la Iglesia.

Esta es la transformación a la que se refiere San Pablo y que vivirán los santos arrebatados de la tierra en la Parusía, y el motivo por el cual se sostiene que experimentarán un “nuevo Pentecostés”, tal como lo hemos explicado antes en este capítulo.

F) Las Bodas del Cordero con la Iglesia.

Una vez arrebatados hacia el cielo los santos vivos (Iglesia terrenal), y resucitados los santos muertos (Iglesia celestial), nos encontramos que se producirá un acontecimiento asombroso y magnífico, que escapa a toda posibilidad de conocimiento por la mente del hombre, aunque ha sido revelado por Dios para suscitar la esperanza de todos los santos: las Bodas del Jesucristo con su Esposa, la Iglesia.

El tema de las bodas de Jesús con su Iglesia ya lo tenemos esbozado en los Evangelios:

Lucas 14, 12-14: “Dijo también al que le había invitado: «Cuando des una comida, no llames a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a tus vecinos ricos; no sea que ellos te inviten a su vez, y tengas ya tu recompensa. Cuando des un banquete llama a los pobres, a los lisiados, a los cojos, a los ciegos, y serás dichoso, porque no te pueden corresponder, pues se te compensará en la resurrección de los justos.»”

Aquí queda sentado que los justos vivirán la resurrección, que será la primera. Mateo plantea asimismo el tema de las Bodas:

Mateo 22, 1-14: “Tomando Jesús de nuevo la palabra les habló en parábolas, diciendo: «El Reino de los Cielos es semejante a un rey que celebró el banquete de bodas de su hijo. Envió sus siervos a llamar a los invitados a la boda, pero no quisieron venir. Envió todavía otros siervos, con este encargo: Decid a los invitados: «Mirad, mi banquete está preparado, se han matado ya mis novillos y animales cebados, y todo está a punto; venid a la boda.» Pero ellos, sin hacer caso, se fueron el uno a su campo, el otro a su negocio; y los demás agarraron a los siervos, los escarnecieron y los mataron. Se airó el rey y, enviando sus tropas, dio muerte a aquellos homicidas y prendió fuego a su ciudad. Entonces dice a sus siervos: «La boda está preparada, pero los invitados no eran dignos. Id, pues, a los cruces de los caminos y, a cuantos encontréis, invitadlos a la boda.» Los siervos salieron a los caminos, reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos, y la sala de bodas se llenó de comensales. Entró el rey a ver a los comensales, y al notar que había allí uno que no tenía traje de boda, le dice: «Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin traje de boda?» El se quedó callado. Entonces el rey dijo a los sirvientes: «Atadle de pies y manos, y echadle a las tinieblas de fuera; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Porque muchos son llamados, mas pocos escogidos.»”

En este pasaje se compara lo que sucederá en el Reino de los Cielos con la asistencia a un banquete nupcial, donde muchos son llamados pero pocos escogidos. Y no es que esta elección del Señor sea arbitraria ni caprichosa, sino que son pocos aquellos que aceptan caminar por la senda estrecha y difícil que lleva a la santidad, de modo de encontrarse en condiciones de asistir a esta fiesta de Bodas celestial. (Ver más sobre esta Parábola en La revelación de Jesús sobre el Reino de Dios por medio de las Parábolas).

También encontramos otro pasaje evangélico que deja entrever que Jesús es el verdadero Esposo de la Iglesia:

Mateo 9,15: “Jesús les dijo: «Pueden acaso los invitados a la boda ponerse tristes mientras el novio está con ellos? Días vendrán en que les será arrebatado el novio; entonces ayunarán.»”

San Pablo desarrolla también la metáfora de la Iglesia Esposa de Cristo:

Efesios 5, 25-32: “Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, purificándola mediante el baño del agua, en virtud de la palabra, y presentársela resplandeciente a sí mismo; sin que tenga mancha ni arruga ni cosa parecida, sino que sea santa e inmaculada. Así deben amar los maridos a sus mujeres como a sus propios cuerpos. El que ama a su mujer se ama a sí mismo. Porque nadie aborreció jamás su propia carne; antes bien, la alimenta y la cuida con cariño, lo mismo que Cristo a la Iglesia, pues somos miembros de su Cuerpo. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos se harán una sola carne. Gran misterio es éste, lo digo respecto a Cristo y la Iglesia. En todo caso, en cuanto a vosotros, que cada uno ame a su mujer como a sí mismo; y la mujer, que respete al marido.”

Cristo es el Esposo de la Iglesia porque la ama como un marido a su mujer, y la cuida y alimenta amorosamente. Es muy interesante lo que se afirma en este texto, en cuanto a que Cristo mismo purificó a la Iglesia, haciéndola santa e inmaculada, para entonces desposarla. Es lo que el Apocalipsis nos revelará que sucederá al fin de los tiempos.

Vamos a ver el pasaje clave sobre el tema de las bodas del Cordero con la Iglesia que nos provee el Apocalipsis:

Apocalipsis 19, 1-9: “Después oí en el cielo como un gran ruido de muchedumbre inmensa que decía: «¡Aleluya! La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios, porque sus juicios son verdaderos y justos; porque ha juzgado a la Gran Ramera que corrompía la tierra con su prostitución, y ha vengado en ella la sangre de sus siervos.» Y por segunda vez dijeron: «¡Aleluya! La humareda de la Ramera se eleva por los siglos de los siglos.» Entonces los veinticuatro Ancianos y los cuatro Vivientes se postraron y adoraron a Dios, que está sentado en el trono, diciendo: «¡Amén! ¡Aleluya!» Y salió una voz del trono, que decía: «Alabad a nuestro Dios, todos sus siervos y los que le teméis, pequeños y grandes.» Y oí el ruido de muchedumbre inmensa y como el ruido de grandes aguas y como el fragor de fuertes truenos. Y decían: «¡Aleluya! Porque ha establecido su reinado el Señor, nuestro Dios Todopoderoso. Alegrémonos y regocijémonos y démosle gloria, porque han llegado las bodas del Cordero, y su Esposa se ha engalanado y se le ha concedido vestirse de lino deslumbrante de blancura - el lino son las buenas acciones de los santos. -» Luego me dice: «Escribe: Dichosos los invitados al banquete de bodas del Cordero.» Me dijo además: «Estas son palabras verdaderas de Dios.»"

Encontramos en el cielo el ruido de una muchedumbre inmensa, que no es más que lo que se describe en 7,9, y que, como vimos anteriormente en el punto D, es la multitud de los santos resucitados por Jesucristo en la inminencia de su segunda Venida. Esta multitud alaba el juicio y la destrucción de la Gran Babilonia, la Ramera que corrompía la tierra con su prostitución (incitación a la idolatría), y se regocija porque ha llegado el tiempo de las Bodas del Cordero.

Su Esposa es la Iglesia, constituida por la Iglesia Celestial y la Iglesia Terrenal. En la escena vista anteriormente encontramos la Iglesia Celestial, formada por los santos resucitados, con el símbolo de la pureza de sus blancas vestiduras de fino lino.

Ya vimos que esta Iglesia Celestial comprende, además de la presencia de Dios, del Cordero, de los Ancianos, de los Vivientes y de los ángeles, y, por supuesto, de la Virgen María, a los que viven la primera resurrección (Ap. 7,9-17), y es la descripta en Ap. 21, 1-8 y 22, 1-5, destinada a ser al fin del mundo (no confundir con el fin de los tiempos o fin de la actual edad) la única y eterna Iglesia, cuando la Iglesia Terrenal deje de existir.

Dejemos ya aclarado a partir de este punto un concepto fundamental: la figura de Jerusalén (o más bien de la nueva Jerusalén) que toma el Apocalipsis representa siempre a la Iglesia en su perfección acabada.

Veamos una comparación entre el pasaje de Ap. 7, 9-17 con los santos resucitados en la primera resurrección, y el de Ap. 21, 1-8 y 22, 1-5:

7,15: el que está sentado en el trono extenderá su tienda sobre ellos.
21,3: Esta es su morada entre los hombres. Pondrá su morada entre ellos y ellos serán su pueblo y él, Dios-con-ellos, será su Dios.

7,16: Ya no tendrán hambre ni sed.
21,6: Al que tenga sed, yo le daré del manantial de agua de la vida gratis.

7,17a: Porque el Cordero que está en medio del trono los apacentará y los guiará a los manantiales de las aguas de la vida.
22,1: Luego me mostró el río de agua de Vida, brillante como el cristal, que brotaba del trono de Dios y del Cordero.

7,17b: Y Dios enjugará toda lágrima de sus ojos.
21,4: Y (Dios) enjugará toda lágrima de sus ojos.

No queda ninguna duda, con estas comparaciones, que los santos resucitados moran en la “Nueva Jerusalén Celestial” descripta en 21,1-8 y 22,1-5. Pero Jesucristo también tomará por Esposa a la Iglesia terrenal, simbolizada por el Apocalipsis por la Jerusalén descripta en 21, 9-27. ¿Por quiénes está compuesta esta Nueva Iglesia Terrenal? Por los santos vivos que, habiendo sido elegidos y preservados, fueron arrebatados al encuentro del Señor en los aires.

Purificados por el Segundo Pentecostés, y confirmados en gracia, viven junto a la Iglesia Celestial (de una manera misteriosa que no está explicada en la Escritura) las Bodas con el Señor, y volverán acompañando al Esposo en su Parusía, tal como detallaremos en el Capítulo 6.

Este encuentro de la Iglesia en sus dos estados lo presenta San Pablo:

1 Tesalonicenses 4, 16-17: “El Señor mismo, a la orden dada por la voz de un arcángel y por la trompeta de Dios, bajará del cielo, y los que murieron en Cristo resucitarán en primer lugar. Después nosotros, los que vivamos, los que quedemos, seremos arrebatados en nubes, junto con ellos, al encuentro del Señor en los aires. Y así estaremos siempre con el Señor.”

El encuentro con el Señor se produce con la Iglesia en dos de sus estados, el celestial (“muertos en Cristo” y resucitados) y el terrenal (“nosotros, los que vivamos, los que quedemos, seremos arrebatados”). Lo importante es que esta unión esponsal entre Cristo y su Iglesia consolida definitivamente una unión en el amor, que, si bien ya era perfecta en el cielo, permaneciendo aún los santos como almas separadas, era todavía muy imperfecta en la tierra.

Con la Parusía del Señor comenzará para la Iglesia terrenal una nueva era de esplendor y santidad, tal como lo examinaremos en el Capítulo 10.

G) El Juicio de los vivos que restan en la tierra.

En los puntos anteriores se desplegaron ante nuestra asombrada mirada los maravillosos acontecimientos que, fuera de la tierra, se producirán como consecuencia del Juicio del Señor en su “Día”, cuando juzgue a los santos, tanto a los vivos como a los muertos.

Ahora, en cambio, nuestros ojos se dirigirán, guiados por las visiones de Juan, a la tierra, a los sucesos que se irán manifestando luego de haber terminado el tiempo de la misericordia de Dios, que como advertencia, llamó a los hombres a la conversión antes que fuera demasiado tarde.

Para ello empleó a hombres que predicaban, los apóstoles de los últimos tiempos, y a los acontecimientos del mundo que, en sus circunstancias, fueron signos de los tiempos que habrían de venir.

Ya el ángel ha tocado la séptima trompeta, cuyo sonido desata la alabanza en el cielo, proclamándose allí que el Señor Dios y su Cristo han comenzado a reinar sobre la tierra. Este reinado comienza con un primer acto, que es el juicio sobre vivos y muertos, tal como se estudió en el Capítulo anterior y lo estamos viendo en el presente.

Para ver como sigue el juicio de Dios vamos a ubicarnos en la situación que se está viviendo en la tierra. Estamos en los momentos en que el Anticristo, después de la destrucción de Babilonia, ha tomado el poder, como lo vimos al final del Capítulo 6.

Su hegemonía, con el apoyo del Falso Profeta, llegará al punto máximo cuando su imagen parlante haya reemplazado al Santísimo Sacramento en los sagrarios de todas las iglesias católicas del mundo, habiendo sido abolida la misa y la consagración del pan y el vino.

La jerarquía fiel de la Iglesia, ese pequeño resto que no habrá caído en la apostasía, fue arrebatada al cielo junto a laicos elegidos como ellos para vivir el Segundo Pentecostés y las Bodas del Cordero. Por primera vez desde que el Verbo se encarnó en Jesucristo y vivió sobre la tierra, quedándose en ella después de su resurrección y ascensión gloriosa al cielo en la Eucaristía, el mundo se encuentra totalmente privado de la presencia real de Jesús.

Esto es algo tan pavoroso que es imposible para la mente humana comprender su verdadero alcance. El mal se ha desatado con absoluta libertad y finalmente Satanás ha obtenido el dominio total de la humanidad, al reinar en un mundo sin la presencia de Dios.

Sin embargo, en esta densa y lóbrega oscuridad espiritual que se ha cernido sobre la tierra, todavía quedan pequeñas luces que, aunque no visibles para la mayoría, siguen ardiendo como pequeños cirios que mantienen la esperanza.

Esta llamitas las constituyen “el resto del linaje de la mujer, los que guardan los mandamientos de Dios y mantienen el testimonio de Jesús” (12,17), que serán capaces de resistir la marca de la Bestia y se negarán a adorar su imagen. Corresponden al segundo grupo de vivos que serán juzgados, según vimos en el punto A de este capítulo, denominados en el pasaje de Apocalipsis 11,18 simplemente como “los santos”.

Parece que con esta denominación de santos a secas (santos son también los siervos de Dios, los profetas) el Apocalipsis se refiere a aquellos que no tienen específicamente un servicio en la Iglesia de Dios. Corresponden al segundo grupo del Salmo 115, “la Casa de Israel”, es decir, todo el pueblo de Dios, los cristianos fieles a su fe en esos tiempos últimos.

Parte de este grupo de cristianos habrá integrado el grupo de los fieles arrebatados (los “144.000 sellados”), y otra parte, según la elección de Cristo en la primera fase del juicio de los vivos, quedará en la tierra para vivir la Segunda Fase del mismo.

Surge muy claramente del Apocalipsis que estos santos también se denominan los que guardan “los mandamientos”, “el testimonio de Jesús” y “la fe de Jesús”:

Apocalipsis 19,10: “Entonces me postré a sus pies (del ángel) para adorarle, pero él me dice: «no, cuidado, yo soy un siervo como tú y como tus hermanos que mantienen el testimonio de Jesús»”

Apocalipsis 14, 12-13: “Aquí se requiere la paciencia de los santos, de los que guardan los mandamientos de Dios y la fe de Jesús. Luego oí una voz que decía desde el cielo: «Escribe: dichosos los muertos que mueren en el Señor. Desde ahora, si –dice el Espíritu-, que descansen de sus fatigas porque sus obras los acompañan».”

Apocalipsis 12,17: Entonces (el Dragón) despechado contra la mujer, se fue a hacer la guerra al resto de sus hijos, los que guardan los mandamientos de Dios y mantienen el testimonio de Jesús.”

De estos tres pasajes obtenemos una conclusión sumamente importante: los denominados “santos” (que son los que guardan los mandamientos de Dios y el testimonio de Jesús) serán los cristianos fieles que quedarán en la tierra sufriendo hasta el final, en los tiempos de la Parusía, las tribulaciones bajo el imperio del Anticristo sobre el mundo.

Vemos que son “el resto de los hijos de la mujer”, que como puntualizamos antes simboliza a la Iglesia, los que no fueron arrebatados al encuentro con Jesús, y que deben soportar con paciencia la persecución del Anticristo, y de los cuáles surgirán muchos mártires:

Apocalipsis 13,9: “El que tenga oídos, oiga: el que a la cárcel, a la cárcel ha de ir; el que ha de morir a espada, a espada ha de morir. Aquí se requiere la paciencia y la fe de los santos.”

Este pasaje está tomado de Jeremías 15,2 y 43,11, y su mensaje es que no siempre hay que rebelarse contra las persecuciones, sino aceptar que a veces forman parte de los planes de Dios y servirán para gloria a quienes las sufren.

En este segundo grupo de vivos, de los “santos”, que estarán en la tierra al momento de la Parusía, encontramos la otra porción de la Iglesia, de los cuales muchos sobrevivirán a los acontecimientos del fin y serán parte de los que poblarán el Reino de Cristo terrenal. Otros morirán, y muchos de ellos engrosarán el número de mártires en el cielo, pero serán llamados a resucitar en la primera resurrección y a vivir en la Jerusalén celestial.

Seguirán unidos en oración, encerrados en sus refugios, modernas catacumbas de los tiempos del fin, rezando con renovada esperanza: “¡Venga a nosotros tu Reino!”, y pidiendo con fe viva: “Maranatha”, “¡Ven Señor Jesús!”, con la certeza que la hora de su liberación ya está cerca.

No podrán compartir la eucaristía ni recibir otros sacramentos, porque ya no habrá sacerdotes fieles que los administren, sino quedarán sólo los que integran la falsa Iglesia al servicio del también falso Papa, que respetarán el nuevo culto al “Cristo” presente en la tierra, ese que estos fieles cristianos saben que es un impostor al servicio incondicional de su amo, Satanás.

Estos santos que permanecen en la tierra sufren guerra y persecución:

Apocalipsis 13, 7.10: “Le fue permitido (a la Bestia del mar) también hacer guerra a los santos y vencerlos. Si alguno ha de ir al cautiverio, irá al cautiverio; si alguno ha de morir a espada, a espada morirá. En esto está la paciencia y la fe de los santos.”

Juan retoma aquí el mensaje de Cristo a las siete Iglesias, como exhortación a ese pueblo fiel, recordándole que su vocación está en la fidelidad y la paciencia, aún cuando tenga que llegar al cautiverio o a la misma muerte.

El juicio de estos vivos corresponde al que hemos llamado “juicio momentáneo” o “juicio transitorio”, que decidirá que sobrevivan o no a los acontecimientos catastróficos de los tiempos del fin, tomando parte en el Reino de Cristo terrenal.

Es muy difícil saber con cierta certeza en qué se basarán las decisiones del Juez supremo, pero sin duda se tomará en cuenta la vida cristiana de cada uno, el mayor o menor grado de desarrollo de la vida espiritual, y, en especial, los designios y el llamado de Dios para cada uno de ellos, en la vida que les permitirá desarrollar en el Reino que se instaurará (el tema de la materia del Juicio de Cristo se estudiará en el siguiente capítulo).

Según el texto de Apocalipsis 11,18 hay un tercer grupo de vivos que afrontan el Juicio de Dios, denominados “los que temen el nombre de Dios, pequeños y grandes”

En este grupo encontramos al resto de los habitantes de la tierra que sobrevivirán al tiempo del fin, los que forman las “naciones”, que serán juzgados por su apertura del corazón a Dios, que podrá ser explícita o implícita, y que se manifestará básicamente por el cumplimiento de buenas obras, tal como lo veremos también en el capítulo que sigue.

H) Las Siete Copas.

El Apocalipsis describe estos sucesos como continuación de la séptima trompeta, luego de anunciar el tiempo del Juicio de Dios:

Apocalipsis 11,19: “Y se abrió el Santuario de Dios en el cielo, y apareció el arca de su alianza en el Santuario, y se produjeron relámpagos, y fragor, y truenos, y temblor de tierra y fuerte granizada.”

Hay una manifestación clara del poder de Dios que asume su reinado sobre la tierra. Con figuras del Antiguo Testamento se visualiza la presencia de Dios en el Santuario, o “Santo de los Santos”, donde se encontraba el Arca de la Alianza. Esta descripción nos conecta en forma inequívoca con otro pasaje:

Apocalipsis 15, 1;5-8: “Luego vi en el cielo otra señal grande y maravillosa: siete Ángeles, que llevaban siete plagas, las últimas, porque con ellas se consuma el furor de Dios. Después de esto vi que se abría en el cielo el Santuario de la Tienda del Testimonio, y salieron del Santuario los siete Ángeles que llevaban las siete plagas, vestidos de lino puro, resplandeciente, ceñido el talle con cinturones de oro. Luego, uno de los cuatro Vivientes entregó a los siete Ángeles siete copas de oro llenas del furor de Dios, que vive por los siglos de los siglos. Y el Santuario se llenó del humo de la gloria de Dios y de su poder, y nadie podía entrar en el Santuario hasta que se consumaran las siete plagas de los siete Ángeles.”

El cielo está abierto, exactamente de la misma forma que en el texto anterior, mostrando su conexión, y también se describe “el Santuario de la tienda del testimonio”, otra manera de evidenciar la presencia de Dios en términos del Templo de Jerusalén, ya que en ese lugar se hallaba el Arca de la Alianza. (cf. Números 9,15).

Se aclara que los siete ángeles son portadores de las “últimas plagas”, las que consumarán el Juicio de Dios, “el furor de Dios”, según el término antropomórfico usado. Estos portadores de plagas reciben de uno de los cuatro Vivientes, los que están siempre frente al trono de Dios, siete copas de oro, que están “rebosantes de la ira de Dios” (la imagen de la copa como símbolo de la ira divina es muy usual en el Antiguo Testamento (cf. Jeremías 25,11; Isaías 51,17), lo que da la señal que esas plagas de los ángeles comenzarán a tener efecto.

Esta escena muestra un decreto irrevocable de Dios, el cumplimiento de su juicio sobre los habitantes de la tierra, que ya no puede ser retrasado ni cambiado, lo que es simbolizado por la imposibilidad de entrar en el Santuario hasta que termine el cumplimiento de las siete plagas.

En el punto “A” mencionamos el concepto que Dios nunca obra en forma directa ni la destrucción ni la muerte, sino que éstas calamidades son consecuencia del pecado de la humanidad, dócil a la instigación de la tentación diabólica. Con las siete plagas contenidas en las copas de oro que llevan los ángeles, donde “rebosa la ira de Dios” (15,7), sucede exactamente lo mismo.

A pesar que si tomamos la descripción en forma ligera parece que es Dios, a través de sus instrumentos angélicos, quien se ensaña con los moradores de la tierra enviándoles una tras otra terribles calamidades, profundizando más en el sentido de este pasaje vamos a descubrir algo muy diverso, en consonancia con lo dicho antes sobre la acción de Dios.

Vamos a recordar que el mundo había sufrido una terrible guerra nuclear, descrita en la sexta trompeta, que producirá la ruina del imperio de la Gran Babilonia en manos del Anticristo y sus secuaces, los reyes que habían apoyado en su momento a la gran metrópoli pagana.

Nuestra interpretación es que las cinco primeras plagas, que al igual que las trompetas no son hechos sucesivos en el tiempo, sino que son concurrentes, corresponden a las terribles secuelas de la devastadora contienda nuclear que mencionamos antes.

Es verdaderamente impresionante la coincidencia que obtenemos al aplicar los conocimientos que hoy poseemos sobre los efectos de una guerra nuclear global, o al menos en gran escala, a las descripciones de las cinco primeras plagas del Apocalipsis, hechas con el lenguaje y los conceptos de hace dos mil años. Examinemos cada uno de estos efectos:

a) La primera Copa:

Apocalipsis 16, 1-2: Y oí una fuerte voz que desde el Santuario decía a los siete Ángeles: «Id y derramad sobre la tierra las siete copas del furor de Dios.» El primero fue y derramó su copa sobre la tierra; y sobrevino una úlcera maligna y perniciosa a los hombres que llevaban la marca de la Bestia y adoraban su imagen.”

Esta plaga se derrama y su efecto es producir “una úlcera maligna y perniciosa”. Una explosión nuclear genera quemaduras de diverso grado que abren la piel y la carne, pero aparecen en coincidencia con la explosión. La caída de la lluvia radiactiva posterior a una explosión, que puede llegar a grandes distancias y tiempo después de la misma, produce contaminación radiactiva, con los síntomas propios de ella: náuseas, vómitos, convulsiones, hemorragias subcutáneas e internas, y sobre todo efectos cancerígenos luego de un tiempo, en especial en la tiroides, así como la baja de las defensas y la mayor propensión a las infecciones. Por lo tanto estas “úlceras malignas” podrían referirse a la sintomatología característica de las secuelas a mediano y largo plazo de una explosión nuclear.

Hay que notar que el texto aclara que solamente son afectadas las personas que “llevaban la marca de la Bestia y adoraban su imagen”, por lo que existiría una protección especial para los fieles cristianos, la mayoría situados en sus refugios fuera de las ciudades.

b) La segunda Copa:

16,3: “El segundo derramó su copa sobre el mar; y se convirtió en sangre como de muerto, y toda alma viviente murió en el mar.”

Esta plaga es derramada sobre el mar, haciendo que cambie totalmente su composición y propiedades, y matando a todas las criaturas que viven allí.

Describen los expertos que en una gran contienda nuclear se emiten millones de toneladas de hollín a la atmósfera, junto con óxidos de nitrógeno que destruyen la capa de ozono en un porcentaje que puede llegar a ser importante, en relación con la magnitud de la potencia en megatones de las explosiones.

La disminución de la capa de ozono produce un aumento de la radiación ultravioleta, que podría acabar con el filoplancton y con la cadena trófica en los mares, generando de a poco una mortandad generalizada de peces.

c) La tercera Copa:

16,4: “El tercero derramó su copa sobre los ríos y sobre los manantiales de agua; y se convirtieron en sangre. Y oí al Ángel de las aguas que decía: «Justo eres tú, "Aquel que es y que era", el Santo, pues has hecho así justicia: porque ellos derramaron la sangre de los santos y de los profetas y tú les has dado a beber sangre; lo tienen merecido.» Y oí al altar que decía: «Sí, Señor, Dios Todopoderoso, tus juicios son verdaderos y justos».”

Los ríos y el agua potable se contaminan y ya no sirven para el consumo humano. Surge claramente de los estudios modernos que las explosiones nucleares contaminan el agua con diversos residuos radiactivos, como los radioisótopos que se disuelven en ella.

Según el nivel de radiación recibido, el agua producirá efectos de contaminación graves. Como ejemplo real se conoce el suceso en el complejo nuclear de Mayak, en Rusia, donde la contaminación radiactiva del río Techa produjo miles de muertes.

En el simbolismo del Apocalipsis las aguas potables se convierten en sangre, y aquellos que derramaron la sangre de los santos y los profetas, formando parte primero de la Gran Babilonia, y ahora del reino del Anticristo, están obligados como castigo de sus crímenes a beber también sangre, que es el agua contaminada.

El “altar” se refiere a las almas de los mártires que clamaban a Dios por la justicia de su sangre derramada (Apoc. 6,10, quinto Sello), mostrando que Dios ha escuchado ese clamor.

d) La cuarta Copa:

16,8-9: “El cuarto derramó su copa sobre el sol; y le fue encomendado abrasar a los hombres con fuego, y los hombres fueron abrasados con un calor abrasador. No obstante, blasfemaron del nombre de Dios que tiene poder sobre tales plagas, y no se arrepintieron dándole gloria.”

La copa ahora es derramada sobre el sol, y se produce una acción inusual del astro, que como fuego abrasa a los hombres. Los científicos estiman que habría una consecuencia de una catástrofe nuclear que produciría exactamente este efecto.

Los cálculos teóricos predicen que una guerra que utilice más de 10.000 megatones de potencia nuclear podría llegar a destruir el 50 % de la capa de ozono existente, por el efecto mencionado en la segunda Copa. Debido a esto la radiación ultravioleta del sol ya no sería detenida y generaría graves quemaduras en quienes se expongan a sus rayos.

En este momento, los hombres que sufren estas plagas no sienten ningún deseo de conversión, al contrario, pensando que es Dios que las manda blasfeman contra él. Obviamente esta actitud se vuelve contra el Anticristo, que se ha proclamado como el verdadero Cristo.

e) La quinta Copa:

16,10-11: “El quinto derramó su copa sobre el trono de la Bestia; y quedó su reino en tinieblas y los hombres se mordían la lengua de dolor. No obstante, blasfemaron del Dios del cielo por sus dolores y por sus llagas, y no se arrepintieron de sus obras.”

Ahora el quinto ángel derrama su plaga directamente sobre el trono de la Bestia. Se produce un efecto muy extraño: el reino del Anticristo queda en tinieblas. También este fenómeno se puede explicar con la clave de los efectos que produce una gran explosión nuclear, a partir del llamado invierno nuclear.

Por un lado, los millones de toneladas de cenizas y polvo que son consecuencia de las detonaciones y los incendios, llegan a las capas más altas de la atmósfera y producen un gran oscurecimiento al impedir la llegada a la superficie de la tierra de la luz solar, con la consiguiente baja de la temperatura, que puede superar los 20 grados centígrados.

De esta manera, la superficie terrestre afectada por este fenómeno sufriría una especie de glaciación, por la cual, si se prolongara, iría primero muriendo la vegetación, y luego los animales herbívoros. Quizás sea por causa del frío que estos súbditos del reino del Anticristo “se mordían la lengua de dolor”, aunque nuevamente se insiste en el texto que no se arrepienten de sus malas obras y siguen blasfemando el nombre de Dios.

Muy posiblemente, este blasfemar contra las plagas que sufren, como vimos también en la cuarta Copa, hará que muchos ya no crean en el falso Cristo, el cual, aparentemente, no tiene el poder suficiente para eliminar estos terribles efectos, a pesar de los prodigios que realiza. De esta manera, el Anticristo y su secuaz, el Falso Profeta, comenzarían a ver que las bases de su reinado entrarían a tambalear, por lo que harán un último y desesperado esfuerzo para reconquistar la credibilidad del mundo.

f) La sexta Copa:

16,12-16: “El sexto derramó su copa sobre el gran río Eufrates; y sus aguas se secaron para preparar el camino a los reyes del Oriente. Y vi que de la boca del Dragón, de la boca de la Bestia y de la boca del falso profeta, salían tres espíritus inmundos como ranas. Son espíritus de demonios, que realizan señales y van donde los reyes de todo el mundo para convocarlos a la gran batalla del Gran Día del Dios Todopoderoso. (Mira que vengo como ladrón. Dichoso el que esté en vela y conserve sus vestidos, para no andar desnudo y que se vean sus vergüenzas). Los convocaron en el lugar llamado en hebreo Harmaguedón.”

Tanto el mismo Satanás, como el Anticristo y el falso Profeta envían embajadores a los reyes de todo el mundo. Estos súbditos del Anticristo están dominados como él por espíritus inmundos, que tienen el poder demoníaco, al igual que la “Bestia de la Tierra”, para realizar señales prodigiosas, tales que convenzan a los poderes de la tierra que la “Bestia del mar” es el verdadero Cristo.

Por lo que se describe se ve que tienen éxito en su misión, logrando que los reyes renueven su apoyo al Anticristo, hecho descripto como una gran congregación de estos poderosos, que se reúnen en el lugar llamado “Harmaguedón”.

Es en este tiempo que Juan nos revela que ya es inminente la manifestación del Señor en su Parusía, viniendo en el momento menos esperado, como el ladrón al que se refiere Jesús en su discurso escatológico:

Mateo 24, 42-44: “«Velad, pues, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor. Entendedlo bien: si el dueño de casa supiese a qué hora de la noche iba a venir el ladrón, estaría en vela y no permitiría que le horadasen su casa. Por eso, también vosotros estad preparados, porque en el momento que no penséis, vendrá el Hijo del hombre».”

Es necesario velar y estar preparado, vestido, listo para el gran momento:

Lucas 12, 35-36: “Estén ceñidos vuestros lomos y las lámparas encendidas, y sed como hombres que esperan a que su señor vuelva de la boda, para que, en cuanto llegue y llame, al instante le abran.”

g) La séptima Copa:

16,17-21: “El séptimo derramó su copa sobre el aire; entonces salió del Santuario una fuerte voz que decía: «Hecho está». Se produjeron relámpagos, fragor, truenos y un violento terremoto, como no lo hubo desde que existen hombres sobre la tierra, un terremoto tan violento. La Gran Ciudad se abrió en tres partes, y las ciudades de las naciones se desplomaron; y Dios se acordó de la Gran Babilonia para darle la copa del vino del furor de su cólera. Entonces todas las islas huyeron, y las montañas desaparecieron. Y un gran pedrisco, con piedras de casi un talento de peso, cayó del cielo sobre los hombres. No obstante, los hombres blasfemaron de Dios por la plaga del pedrisco; porque fue ciertamente una plaga muy grande.”

Se describe aquí la conclusión del Juicio de Cristo sobre los vivos en el momento de su Parusía. Ahora el ángel correspondiente ya no derrama su copa, como los anteriores, sobre objetivos específicos (tierra, mar, ríos, sol, trono de la Bestia) sino sobre “el aire”, es decir, abarcando toda la tierra. Y la voz que sale del Santuario, quizás la de Dios o la de un ángel que está a su lado, cierra este tiempo del juicio, decretando: “«Hecho está»”.

Por lo tanto quedará consumado el juicio de Dios, ahora utilizando como instrumentos a las fuerzas de la naturaleza, tal como se había anticipado en el sexto sello. La principal devastación la produce un “violento terremoto como no lo hubo desde que existen hombres sobre la tierra”, o sea, será un cataclismo de magnitud absolutamente insospechada.

La primera consecuencia es que la “Gran Ciudad” se abre en tres partes. ¿A qué ciudad se está refiriendo este texto? Obviamente no puede ser la Gran Babilonia, que ha sido destruida por el Anticristo y sus reyes aliados. La respuesta la encontramos en este texto:

Apocalipsis 11,7-9: “Pero cuando hayan terminado de dar testimonio, la Bestia que surja del Abismo les hará la guerra, los vencerá y los matará. Y sus cadáveres, en la plaza de la Gran Ciudad, que simbólicamente se llama Sodoma o Egipto, allí donde también su Señor fue crucificado. Y gentes de los pueblos, razas, lenguas y naciones, contemplarán sus cadáveres tres días y medio: no está permitido sepultar sus cadáveres.”

Nos encontramos frente a la ejecución de los evangelizadores cristianos, los dos testigos, a manos de la “Bestia que surgió del Abismo”. Los cadáveres de estos mártires permanecen en la plaza de la “Gran Ciudad”, sobre la que se aclara que “simbólicamente es llamada Sodoma o Egipto”, y que a su vez es “donde también su Señor fue crucificado”.

Esta es una alusión directa a la ciudad de Jerusalén, por lo que muchos comentadores del Apocalipsis sostienen que el Anticristo tendrá su sede en la ciudad de Jerusalén (y también creen que será judío y seducirá principalmente a los judíos). Sin embargo creemos que el sentido es muy diverso a éste; hay que considerar que también se dice que esta gran ciudad se denomina en forma simbólica “Sodoma” o “Egipto”, que representan los tipos de los que no reconocen al Dios verdadero, y son enemigos del pueblo de Dios.

Resulta entonces que esta gran ciudad es como una falsa Jerusalén, sede del Anticristo, que sucede a la otra Gran Ciudad, Babilonia, destruida por este impostor. Recordemos nuevamente que “Jerusalén” es la figura de la Iglesia, por lo que claramente se completa el cuadro: el falso Cristo reina en la falsa Jerusalén, hasta que en su Parusía el verdadero Cristo reinará en la verdadera Jerusalén terrenal.

Esta “Gran Ciudad”, y obviamente el Anticristo que la simboliza, es destruida, partida por el tremendo terremoto, y en su destrucción se nos dice que “Dios se acordó de la Gran Babilonia”, dándole a esta nueva Gran Ciudad del Anticristo la misma “copa del vino del furor de su cólera”, es decir, Dios le aplica al reino del Anticristo igual castigo que el que en su momento le aplicó a la Gran Ramera por manos del mismo Anticristo y sus reyes aliados.

Así como desapareció de golpe Babilonia, “como una piedra de molino arrojada al mar” (18,21), de la misma manera será arrojada la sede del falso Cristo y sus secuaces, corriendo la misma suerte las ciudades de los gentiles, donde tenían su asiento los reyes que apoyaban a la Bestia. El enorme pedrisco que finalmente caerá del cielo completará la eliminación de la tierra de los hombres que tendrán ese destino en el juicio de los vivos.

Este aniquilamiento final se presenta en el Apocalipsis bajo otra escena, la de Cristo apareciendo triunfante en su Parusía, según el texto de 19,11-21. Este pasaje lo comentaremos en detalle en el Capítulo 9, donde veremos que se establece la completa soberanía de Dios sobre la historia de la humanidad.

De esta manera ha culminado el Juicio de Dios sobre los habitantes de la tierra, y todo está preparado para el advenimiento del Reino terrenal de Cristo, objetivo al que está dirigido el glorioso retorno del Señor en su Parusía.

I) Resumen del Juicio de Cristo sobre los vivos y los muertos.

Para poder visualizar de una manera general el tema del Juicio de Cristo sobre los vivos y los muertos en su segunda Venida, y comparar las distintas alternativas que se podrán producir, vamos a presentar un cuadro donde resumimos el estudio realizado en estos dos últimos capítulos:

Destinatarios Tipo de Juicio Destino Retribución
a) Vivos:      
a.1) Iglesia:      
*Siervos y Profetas Definitivo Vivirán Elección-Arrebato-Vuelta con Cristo - Confirmación en gracia
    Morirán Participar en primera resurrección en Reino Celestial
*Santos Definitivo Vivirán Elección-Arrebato-Vuelta con Cristo - Confirmación en gracia
  Transitorio Vivirán Participar en el gobierno del Reino de Cristo terrenal
    Morirán Participar en primera resurrección en Reino Celestial o resurrección en Juicio Final (Salvación eterna)
*Apóstatas   Morirán Resurrección en Juicio Final (Salvación o condenación)
a.2) Paganos:      
*Los que temen el nombre de Dios (paganos) Transitorio Vivirán Participar en el Reino de Cristo terrenal
    Morirán Resurrección en Juicio Final (Salvación eterna)
*Los que destruyen la tierra Transitorio Morirán Resurrección en Juicio Final (Condenación eterna)
b) Muertos:      
*Almas de santos en el cielo Definitivo   Participar en la primera resurrección en el Reino Celestial

Es decir, resumiendo, la humanidad será juzgada por Cristo en su Parusía, donde habrá tres grupos de personas que sobrevivirán para tomar parte del Reino de Cristo terrenal, unos ya confirmados en gracia, es decir, con la salvación asegurada, mientras que los otros todavía deberán lograrla en el curso remanente de su vida.

Otros no sobrevivirán, habiendo entre ellos siervos de Dios, santos y paganos de buena voluntad, así como los que “destruyen la tierra”, los que serán juzgados en el juicio de muertos, para la resurrección de salvación o condenación, que tendrá lugar, para los santos, en el momento previo de la Parusía, como vimos en este capítulo, y para el resto de los muertos, en el Juicio Final, que explicaremos en el Capítulo 11.

Hay un aspecto que nos tiene que quedar muy claro, y es que para los vivos en general que mueran durante el Juicio de Cristo (excepto para los que el Apocalipsis denomina “los que destruyen la tierra”), esta muerte no implica de ninguna manera la condenación eterna (por eso llamamos a este juicio “transitorio”), sino que su suerte en la eternidad será definida en el Juicio Final (obviamente nos referimos a su suerte en la resurrección, ya que por supuesto su alma sabrá su destino en el “juicio particular” al momento de morir).

[ Arriba ]

Contempladores
Copyright © 2010 - La Parusía Viene - Todos los derechos reservados | Sitio Diseñado por Juan Franco Benedetto