El Reino de Dios se Instaura con la Segunda Venida de Jesucristo

Para el fiel católico el tema del “fin de los tiempos” o “fin del mundo” (ya que generalmente no se distingue entre estos eventos distintos) es algo de lo que poco y nada se habla, y cuando se lo menciona siempre aparece una sombra de temor ante las características catastróficas de destrucción y muerte con las cuales se suele pintar estos acontecimientos.
Pero cada vez surgen con más fuerza nuevos interrogantes, en especial ante la gran cantidad de apariciones de la Virgen María, muchas acompañadas de mensajes que anuncian que la Segunda Venida de Jesucristo esté muy cercana, lo que renueva el deseo de entender más sobre lo que vendrá, quizás en un futuro más o menos cercano.
La doctrina católica tradicional poco explica sobre lo que sucederá con la Parusía del Señor, por lo que muchos fieles comienzan a buscar respuestas en otras corrientes cristianas y pseudo cristianas, entrando en una confusión doctrinal que, a veces, hace que por distintos motivos dejen su Iglesia, integrándose a la expresión religiosa que le da respuestas más convincentes.
Este libro de Juan Franco Benedetto busca aportar nueva luz, desde una óptica eminentemente católica, sobre los acontecimientos que marcarán el fin de la actual época histórica, y, por sobre todo, busca despertar la esperanza basada en que la espera de un mundo mucho mejor no es una utopía irreal, sino una realidad resplandeciente para todo cristiano.


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Contenido

Capítulo 1: Los dogmas de fe católica sobre la Segunda Venida de jesucristo
Capítulo 2: La interpretación de las profecías mesiánicas del Antiguo Testamento
Capítulo 3: Los acontecimientos precursores de la Segunda Venida de Cristo
Capítulo 4: El surgimiento de la Gran Babilonia
Capítulo 5: El Juicio de Dios
Capítulo 6: Primera Fase del Juicio: el tiempo de la advertencia o de las 7 trompetas
Capítulo 7: La Segunda Fase del Juicio: el tiempo de la ira de Dios o de las 7 Copas
Capítulo 8: La materia del juicio de Cristo a la Iglesia
Capítulo 9: La Parusía del Señor
Capítulo 10: La instauración del Reino de Dios
Capítulo 11: El Juicio Final y el Reino de Dios eterno
Epílogo


Prólogo

¿Qué representa hoy para el católico, en estos comienzos del Siglo XXI, la idea de la segunda Venida de Jesucristo a la tierra?

Si hacemos esta pregunta a fieles católicos comunes, escucharemos variadas respuestas, pero la conclusión general sobre ellas será muy simple y clara: dicen poco y nada. Es un tema del que casi no se habla, ni en la catequesis tradicional, ni en los sermones dominicales, ni en la enseñanza que se da a los adultos en los diversos nuevos Movimientos de la Iglesia.

Sin embargo, el fiel católico se encuentra rodeado de seguidores de otras religiones cristianas o seudo cristianas, como los Pentecostales en sus innumerables denominaciones, los Adventistas del Séptimo Día, los Testigos de Jehová, y otras sectas diversas, que desarrollan agresivas y organizadas campañas de “evangelización”, o mas bien de captación de nuevos miembros, buscando especialmente pescar no en el mar abierto poblado por los incrédulos y ateos, sino más bien en la pecera del cristianismo en general, y de la Iglesia católica en particular.

Su cebo o carnada principal está constituido por las diversas doctrinas respecto a lo que sucederá en el “fin del mundo”, que de una manera u otra todas estas denominaciones religiosas consideran más o menos cercano. El católico con una fe elemental, con poco crecimiento espiritual, con una doctrina recibida en alguna catequesis más o menos general, y que tiene pegada con unos pocos alfileres, pasa así a ser una presa relativamente fácil ante la preparación y convicción con la que es abordado por los integrantes de estos variados grupos religiosos.

Por un lado aparecen las imágenes amenazadoras, que producen aprensión y temor, de las terribles catástrofes que ocurrirán en ese fin del mundo, que precederán a la Segunda Venida de Cristo, y por otra parte ofrecen paralelamente doctrinas tranquilizadoras como el “arrebato de la verdadera Iglesia” (que normalmente es la denominación religiosa que está dando a conocer su mensaje), con la salvación de esos elegidos, que son preservados de todos los acontecimientos de destrucción y dolor, que solamente quedarán reservados para los impíos que no acepten el mensaje y doctrina de tal o cual fundador visionario de la iglesia en cuestión.

Por supuesto este panorama es muchísimo más complejo y amplio que esta síntesis, pero ella refleja, aunque quizás de un modo estereotipado, las realidades que enfrenta el fiel católico sometido a ese bombardeo, que le llega desde distintas formas de comunicación, partiendo del abordamiento oral, “persona a persona”, tocando los timbres de las casa o a través de familiares, amistades o compañeros de trabajo, pasando por una gran profusión de folletos, libros y videos, hasta la presencia en los diversos medios de comunicación, como la televisión o internet.

Pero no sólo debemos hablar de los que podríamos denominar “cristianos con riesgo”, como llama el Papa Juan Pablo II en su Carta Apostólica “Novo millenio ineunte” (N° 34) al común de los cristianos que se conforma con una fe y oración superficial, incapaz de llenar su vida, por lo cual corre constantemente “el riesgo insidioso de que su fe se debilite progresivamente, quizás acabando por ceder a la seducción de los sucedáneos, acogiendo propuestas religiosas alternativas.”

También para los cristianos más maduros, de fe más arraigada, surgen hoy muchas preguntas y cuestionamientos, para los que en la práctica no encuentran mayores respuestas. El caso más palpable lo presentan las innumerables apariciones y revelaciones marianas, que están proliferando de manera extraordinaria, especialmente en el último siglo de nuestra historia, por supuesto solamente tomando aquellas que han sido más seriamente estudiadas y documentadas por la Iglesia.

En ellas aparecen, como un “leit motiv” prácticamente constante, las referencias a los tiempos del fin, a la Segunda Venida de Jesucristo o “Parusía”, al Juicio de Dios, y a una Iglesia que, luego de grandes persecuciones y tribulaciones, soportando una gran apostasía en su seno, aparecerá vencedora, pura y santa, destacándose de diversas formas la intervención de la Santísima Virgen María como “precursora” de esta segunda Venida de su Hijo Jesucristo a la tierra.

Entonces, de pronto, la Iglesia católica se enfrenta al hecho real de que con sus dogmas de fe y doctrina escatológica tradicional, se hala en figurillas para “encajar” estas revelaciones privadas en sus esquemas aceptados y establecidos.

En mi caso particular me encontré de pronto frente a este problema. Después de más de quince años de estar trabajando en la formación espiritual avanzada de laicos adultos, en el ámbito de la Renovación Carismática Católica de la Argentina, me fui internando cada vez más en la devoción mariana, reconociéndola como camino necesario a recorrer para todo católico que busca el crecimiento en su vida espiritual, tanto para vivirlo como para enseñar a otros.

Así, entre otras cosas, me interesé por el hecho apasionante de las apariciones de la Virgen María y sus revelaciones, y fui particularmente atraído por el fenómeno que se conoce como “Movimiento Sacerdotal Mariano”, nacido a través de los mensajes de la Santísima Virgen al Padre Stefano Gobbi.

Profundizando en el contenido de esos mensajes apareció de pronto ante mí un nuevo escenario para mi vida espiritual, consistente en la segunda Venida del Señor y la era de paz, justicia y santidad que la sucederá, con un especial derramamiento del Espíritu Santo denominado “el Segundo Pentecostés”.

Como casi ninguno de esos elementos encajaba en mis conocimientos doctrinales sobre el tema de los últimos tiempos, me dediqué afanosamente a buscar y estudiar todo lo que pude encontrar relativo a la escatología católica, por lo que inevitablemente desemboqué en el estudio del Libro del Apocalipsis.

Para ese momento llevaba casi 10 años trabajando con una experiencia espiritual nueva en grupos de oración, que buscaba insertar el gran impulso del Espíritu Santo, que ofrece la “experiencia del Espíritu” conocida en la mayoría de los nuevos Movimientos en la Iglesia después del Concilio Vaticano II, en el camino tradicional del crecimiento espiritual que desarrolla la Teología Ascética y Mística.

Vale decir de paso que esta experiencia originó hace cinco años lo que hemos denominado Escuela de Oración y Crecimiento Espiritual a cuya Página Web puede accederse desde aquí.

Pero en ese tiempo nunca me había interesado mayormente por el último Libro de la Biblia, hasta que se despertó en mí la sed por conocerlo. Me sumergí en su lectura, acompañado por el estudio y la consulta de variados autores católicos sobre el mismo, aunque seguía sin lograr encontrar las respuestas que buscaba en relación a los acuciantes interrogantes que me planteaba el tema de las apariciones marianas y sus mensajes.

También fui leyendo estudios sobre el Apocalipsis de autores cristianos no católicos, pero me aparecían conceptos que se alejaban mi formación católica, además de los ataques a la Iglesia católica que encontraba, más o menos explícitos, por lo que no me interesó seguir por esa vía.

Finalmente desemboqué en la única salida que se me presentaba: ponerme personalmente a estudiar el tema de la escatología, a partir en primer lugar del Apocalipsis, pero también deteniéndome en toda la revelación sobre el fin de los tiempos del Nuevo Testamento, lo que me llevó también, como era de esperar, al estudio de las profecías mesiánicas del Antiguo Testamento.

Han sido nueve años de intenso trabajo, dentro de mis posibilidades de tiempo que son las de un laico que tiene familia y un trabajo para vivir, donde fui estudiando, meditando, escribiendo y también orando, lo que permitió poco a poco avanzar con distintas “ideas” y “conclusiones” que iban “surgiendo”, que a su vez fueron madurando con el tiempo, con una metodología que explico con más detalle en la Introducción de este libro.

Este trabajo no está terminado, ni creo que pueda acabarlo antes de culminar mi vida, pero en el año 2010 sentí que había llegado el momento de darlo a conocer en el estado en que se encuentra actualmente, a partir de una Página Web. Seguirán luego sucesivas actualizaciones, agregados, enmiendas y cambios, aprovechando la ductilidad de las actuales herramientas informáticas, como la actual Segunda Edición de enero de 2013.

Espero que el Espíritu Santo inspire a los lectores que lleguen a este libro para que aprovechen lo que puede haber de inspirado en él, y sepan desechar lo que es puramente humano, y, por lo tanto, seguramente alejado de la Verdad.

Las personas de fe cristiana necesitan hoy más que nunca depositar su confianza y esperanza en el Señor Jesucristo que volverá al mundo para instaurar su glorioso Reino de amor, de justicia, de paz y de santidad. Se comienza a tomar cada vez más conciencia de la pesada herencia que le ha sido legada a la teología católica por San Agustín, hace ya más de 16 siglos.

Cuando el santo Doctor, en su sana intención de desacreditar a los milenaristas crasos que promulgaban que después de la Parusía los santos resucitados tendrían en la tierra un milenio de goces carnales de todo tipo, para “compensar” los sufrimientos y tribulaciones pasados en este mundo, elimina de un plumazo la interpretación literal de Apocalipsis 20,1-6, definiendo que el milenio en realidad comienza con la encarnación de Jesucristo, y termina con el fin del mundo, sin buscarlo también elimina la gozosa esperanza cristiana que hasta allí había imperado en la Iglesia, en cuanto a la espera ansiosa del Reino de paz, justicia y amor que traería el Señor a la tierra como consecuencia de su Segunda Venida, terminando con la actual era de pecado generalizado.

Sólo quedarán en pie el temor y la angustia por el “fin del mundo”, por las catástrofes, cataclismos y muerte de toda la humanidad, dando pie a una visión de un Dios que castigará a la humanidad entera, sufriendo el mismo destino justos y pecadores. Por supuesto existe de hecho el consuelo para los que alcancen la Salvación, sabiendo que resucitarán a una eterna vida de bienaventuranza en el cielo, pero esa visión le es muy ajena a la experiencia del hombre común.

Cuando todo lo que nos rodea muestra que el mundo está cada vez peor, cuando los tiempos para que el pecado se enseñoree en porcentajes crecientes de la humanidad son siempre más breves, cuando uno no ha terminado de asombrarse por el crecimiento de la impureza y la inmoralidad, de la violencia y de la injusticia, de la explotación de los pobres y desposeídos y de la corrupción en todos los niveles de la sociedad, de la manipulación casi total de la información con fines deshonestos, todo lo que llega a profundidades que pocos años antes parecían imposibles de alcanzar, ya aparecen nuevos signos que presagian cosas aún más terribles, y, por sobre todo, cuando la persona de fe mira a su alrededor y prácticamente lo único que ve es un olvido casi radical de Dios y de la sana doctrina evangélica, entonces aparece con una necesidad absoluta el poder alimentar la esperanza que dice que un mundo mejor que el actual es posible.

Esta esperanza comprende que este mundo mejor no será alcanzado por el esfuerzo humano, que lo único que seguirá logrando será la degradación moral y la destrucción de la tierra que Dios le ha dado al hombre en herencia, sino que será Jesucristo mismo quien intervendrá para torcer esta historia humana que solamente puede desembocar en los peores abismos que tienen preparados Satanás y su corte de demonios.

Es necesario hoy, más que en otras épocas, hablar, enseñar, predicar y gritar a toda voz, si fuera necesario, las grandes verdades de Dios sobre los tiempos del fin de esta edad presente, de este “siglo malo”, para alimentar la esperanza de aquellos que en su fe la necesitan para seguir avanzando en sus convicciones cristianas, pese a todo y a todos, sabiendo que no es en vano, y que santificándose ellos y ayudando a santificarse a otros, no sólo esperarán en paz la vuelta de Cristo en su Parusía, sino que “acelerarán la venida del Día de Dios” (2 Pedro 3,12), siendo instrumentos para que llegue lo antes posible la instauración del Reino glorioso de Cristo en este mundo.

Que María Santísima, “Madre del Segundo Adviento”, guíe los pasos de aquellos que con corazón abierto y sincero, sientan el deseo de encontrar las respuestas que el Espíritu quiere dar en nuestra época a los interrogantes que surgen por doquier sobre la segunda Venida del Señor, para que todos los cristianos de buena voluntad sepamos prepararnos adecuadamente para tan magno acontecimiento, tanto si ocurre durante nuestra vida terrenal o después de nuestra ida del mundo.




Juan Franco Benedetto

Buenos Aires – Argentina

2° Edición - Enero 2013



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Introducción

A) Esquema del libro.

Cuando se quiere escribir sobre un tema como la instauración del Reino de Dios por Jesucristo en su segunda Venida a la tierra, lo primero con que se tropieza es con la amplitud y complejidad de los argumentos a tratar, dificultad que además aumenta cuando se considera que se está trabajando sobre sucesos que todavía no ocurrieron, que pertenecen al futuro, y sobre los cuáles no poseemos ninguna certeza comprobable, siendo la única base sobre la que podemos construir la Palabra de Dios, como revelación profética de lo que un día sucederá por voluntad del Creador.

Dado que toda la Biblia contiene, de una manera o de otra, revelación profética, desde el Génesis, en las palabras de Yahveh a la serpiente y a Eva y Adán, conocidas como “el protoevangelio”, hasta el último Libro del Nuevo Testamento, la profecía por excelencia, el Apocalipsis de Juan, también es necesario referirse a una enorme cantidad de pasajes bíblicos.

Por estos motivos, en un primer esquema este libro comprendía una Primera Parte, denominada “El Reino de Dios se revela en el Antiguo Testamento”, que ahora se encuentra incorporada en el capítulo 9, y una Segunda Parte, cuyo título rezaba “El Reino de Dios se acerca con la primera Venida de Cristo”, y que contenía dos capítulos, el primero estudiando la predicación inicial de Jesucristo compuesta por la Bienaventuranzas y el Sermón de la Montaña, y el segundo referido a la revelación de Jesús sobre el Reino de Dios por medio de las parábolas.

Debido a la extensión de esta Segunda Parte, y para centrar más el libro en forma exclusiva sobre la segunda Venida del Señor y la instauración del Reino de Dios, estos escritos se presentan en otra sección de la Página, como artículos independientes, aunque por supuesto son muy importantes para la mejor comprensión de este estudio.

En la organización del libro se ha decidido seguir un orden de los capítulos basado en la cronología que presenta el Libro del Apocalipsis, cuya estructura según nuestro criterio la hemos desarrollado y explicado en el artículo incluido en esta Página bajo el título Libro del Apocalipsis: un nuevo aporte para su interpretación.

Tal como se detalla allí, consideramos que el hilo conductor de los acontecimientos narrados en las visiones del Apocalipsis pasa por los sucesos en el cielo, ya que son Dios Padre y su Hijo, el Cordero, quienes detentan la soberanía sobre la historia de la humanidad.

De esta manera en el Capítulo 1 se analizan las visiones del trono de Dios y la corte celestial, hasta el momento en que Dios Padre toma la decisión de iniciar los acontecimientos que desembocarán en “el Día del Señor” y la Parusía del Hijo del hombre, con la visión de la apertura de los siete sellos del rollo que está en la mano de Dios.

Liberada la acción de los instrumentos divinos para los tiempos escatológicos, analizamos cuáles serán en la tierra las señales indicativas de la cercanía de la Parusía, aquellas que los hombres de fe podrán discernir para comenzar a prepararse para tan magno acontecimiento de la historia de la humanidad.

El Capítulo 2 examina el período de tiempo que hemos denominado “El tiempo de la advertencia de la misericordia de Dios”, que corresponde a los acontecimientos desencadenados en el mundo por los ángeles que tocarán las siete trompetas de Dios.

Nos encontramos frente al panorama de la humanidad en los tiempos cercanos a la Parusía, con la pavorosa realidad de un mundo materialista que idolatra las creaciones y la ciencia humanas, y descristianizado en una gran medida, simbolizado por una metrópoli dominadora, la “Gran Babilonia”, imbuida por un espíritu seudo-religioso personificado en la “Gran Ramera”, instrumento dócil en las manos de Satanás, el amo del mundo, cuyo único objetivo es alejar totalmente de Dios a los hombres, así como él y su corte de demonios, ángeles caídos, están irrevocablemente separados de su Creador.

Para lograr este objetivo, el diablo debe conseguir, a través de aquellos que secundan su acción en el mundo, la destrucción de los cristianos, o sea, la eliminación de la Iglesia, que constituida por un pequeño resto fiel a Cristo y a su verdadero Evangelio, sigue resistiendo en medio de una humanidad alejada de Dios y hostil en muchos casos hacia el cristiano que defiende su fe.

Este período de la historia humana terminará con la destrucción de la Gran Babilonia en manos de sus antiguos aliados, entre los cuales surgirá quien heredará el poder en el mundo: el Anticristo, el falso Cristo que hará creer a la mayor parte de los habitantes de la tierra que él es el verdadero Jesucristo que ha retornado al mundo en su Parusía tan esperada.

Con el Anticristo y el falso Profeta que lo secunda situados en el vértice de su poder, y, por ende, con Satanás convertido finalmente en el amo total del mundo, termina este período, dando lugar al advenimiento del Juicio de Dios, en el llamado “Día de la ira de Dios”.

El Capítulo 3 desarrolla el juicio de Dios a los “santos”, planteando inicialmente el sentido de este Juicio, tanto para los santos que vivan al momento de la Parusía, como de los que ya hayan muerto. En primer lugar abordamos un tema que, por un lado tiene un desarrollo y una difusión muy grande en prácticamente la mayoría de las denominaciones religiosas cristianas, y que, por otra parte, es casi “tabú” en la doctrina católica: el “arrebato” de los santos al encuentro con Jesús antes de su manifestación visible por toda la tierra.

Aunque este hecho se basa en principio en el pasaje de la Primera Carta de San Pablo a los cristianos de Tesalónica, Capítulo 4,15-18, hay una gran cantidad de referencias bíblicas con respecto a la realidad de este suceso, las que analizamos con toda profundidad, y en particular lo hacemos con un elemento que es fundamental y que suele ser bastante descuidado: cuál es el destino final de estos arrebatados, lo que, en definitiva, explica la razón por la cual se da este acontecimiento.

Surge aquí el fundamento escriturístico de otro suceso sobre el cual hoy se habla mucho, especialmente en ámbitos católicos: la manifestación de un “Segundo Pentecostés”, es decir, de una efusión del Espíritu Santo tan extraordinaria como la que originó a la Iglesia, después de la Ascensión gloriosa del Señor al cielo.

En este mismo contexto se trata otro tema también controvertido en ciertos círculos católicos: la resurrección de los santos como una primera resurrección antes de la Universal. El capítulo incluye un estudio pormenorizado de lo que San Pablo denomina “transformación” en su conocido texto de la Primera Carta a los Corintios 15,51: “No moriremos todos, mas todos seremos transformados”, aplicable al tiempo de la Parusía de Cristo y complementario con la revelación del “arrebato” de los elegidos.

Finalizamos con la descripción y análisis del sentido de otro magno evento, conocido como “las Bodas del Cordero con la Iglesia”, que se localiza en este período del “Día de Dios” que estudiamos en el capítulo que se está describiendo.

En el Capítulo siguiente, el N° 4, se desarrolla el complemento del capítulo anterior, en cuanto al estudio de la materia del Juicio de Dios de los santos vivos a través de Jesucristo, quien vendrá nuevamente a la tierra “para juzgar a los vivos y a los muertos”.

Para ello se estudiarán las parábolas escatológicas de Jesús, en primer lugar, y luego las Cartas a las siete iglesias del Apocalipsis. Ya este Capítulo comienza a aportar mucha luz sobre el aspecto central que pretendemos clarificar en este libro, desde una perspectiva eminentemente católica: la instauración del Reino Terrenal de Dios, además del Reino Celestial.

Esta es la tesis principal que desarrollamos y sustentamos, con aspectos novedosos que hasta ahora no se habían planteado en la doctrina católica, al menos en forma más o menos explícita y con un apoyo exegético de raíz totalmente católica, de acuerdo a todos nuestros dogmas de fe.

Estoy seguro que muchos, al leer estas afirmaciones, de inmediato pensarán: «¡Ah, he aquí a otro milenarista que quiere defender esta peregrina doctrina!». Si ese fuera el caso, los invito a seguir adelante, para que al menos se den cuenta, aunque finalmente no la compartan, que se trata de una posición doctrinal seria, desarrollada con muchos elementos, con base en dogmas y doctrinas católicas aceptadas, y que puede aportar luz en variados aspectos referentes a los sucesos de los últimos tiempos y a signos que actualmente ya se están percibiendo en el mundo, en especial con referencia a las apariciones marianas y sus mensajes.

Seguimos con el Capítulo N° 5, tratando los sucesos que se producen por el Juicio de Dios sobre los vivos que permanecen en la tierra, es decir, que no forman parte del grupo de los santos “arrebatados”, y que en el Apocalipsis comprende el septenario de las Copas con plagas que los siete ángeles de Dios verterán sobre el mundo.

Se examina allí la situación en la tierra después del período de la advertencia, donde fue destruido el imperio de la Gran Babilonia, y el Anticristo toma el poder, con la pavorosa realidad del aparente triunfo total de Satanás, aunque en realidad allí comenzará su derrota final.

La última copa que derramarán marcará el final del Juicio de Dios sobre los vivos, y culminará con la manifestación gloriosa y visible de Jesucristo al mundo, conocida como la “Parusía” o segunda Venida del Señor, que se presenta en el Capítulo N° 6. Se analizan detalladamente los sucesos que acompañan este extraordinario evento, desde las características que poseerá esta manifestación, pasando por el acompañamiento que tendrá Jesús en sus santos, hasta la derrota final del Anticristo y sus secuaces.

A continuación, el Capítulo 7 trata acerca del tema más importante del libro, ya que se refiere a la instauración del Reino de Dios, tanto en su fase terrenal como en la celestial; es por este motivo que aquí encontramos el capítulo más extenso de la obra, dado que es crucial la adecuada exposición doctrinal, para que su comprensión sea clara y no deje lugar a dudas o puntos de oscura interpretación.

Se examinan sucesivamente los siguientes temas: la diferenciación clara entre la Jerusalén celestial y la Jerusalén terrenal, como imágenes de la Iglesia, en el pasaje de Apocalipsis 21,1 hasta 22,5; la revelación bíblica sobre la existencia de una nueva edad (“eón”) terrenal después de la Parusía, y cómo será instaurado en la práctica el Reino de Dios terrenal, con el papel fundamental de los santos “arrebatados” que vuelven acompañando a Cristo en su segunda Venida, en el gobierno del Reino milenial desde la Iglesia purificada y santificada.

Termina este capítulo fundamental con una explicación pormenorizada y con fundamentos doctrinales netamente católicos sobre el sentido y la conveniencia del Reino de Dios terrenal, en relación con el grado de gloria eterna de los que se salvarán en él, y del importante papel del pueblo judío convertido, según la conocida exposición de San Pablo en el Capítulo 11 de la Carta a los Romanos.

Sigue el Capítulo 8 con el desarrollo de aspectos relacionados con la vida en el Reino de Dios terrenal, de la suerte de los que mueren en su transcurso, y de los acontecimientos que llevarán al fin de la historia humana, con la realización del Juicio Final Universal y el descenso de la Nueva Jerusalén Celestial, para que finalmente “Dios sea todo en todo” (1 Corintios 15,28).

El siguiente capítulo del libro presenta un análisis del cumplimiento de las profecías del Antiguo Testamento sobre los tiempos mesiánicos y el establecimiento del Reino del Mesías, a la luz del desarrollo efectuado en el libro, y tomando también en cuenta nuevos principios de interpretación basados en la doctrina del “tipo” y el “antitipo”. Se dan también los fundamentos bíblicos que en el Antiguo Testamento dieron origen al concepto de “Reino de Dios”.

El último capítulo, para completar el panorama del argumento del libro, presenta los dogmas de fe católicos sobre el tema de la segunda Venida de Jesucristo, la resurrección de los muertos y el Juicio Final, y se contrasta su doctrina con lo que se ha desarrollado en este estudio, comprobándose que se respetan absolutamente todos los aspectos de nuestra fe católica.

Cierra el libro un Epílogo, que busca, a modo de síntesis, abarcar con una mirada más elevada el conjunto de lo que se ha expuesto a lo largo del libro en forma pormenorizada, para asegurarnos que por mirar el árbol no dejemos de ver el bosque. Allí volcamos las grandes ideas directrices que guiaron este trabajo, así como algunas conclusiones generales referidas al conjunto doctrinal presentado.

Esperamos que la exposición que hacemos, organizada de la manera que hemos descrito, sea comprensible y suficientemente ágil en su lectura, aunque necesariamente aparecen repeticiones de ciertos pasajes en capítulos distintos, ya que en ellos se analizan sus elementos desde ángulos u objetivos diversos, según la materia que se trata en forma preponderante en cada segmento del libro.

B) Metodología utilizada en este estudio.

Me interesa aclarar cómo fue escrito este libro, a los efectos que aquellos que lo lean sepan de qué manera han surgido los distintos conceptos e interpretaciones de la Escritura que han sido volcadas en él.

En primer lugar quiero dejar sentado que no soy un teólogo, en el sentido de poseer estudios sistemáticos y un título en esta especialidad, y, por lo tanto, tampoco soy un exegeta, con el alcance habitual que se le da a este término, como aquella persona que está dedicada al estudio e interpretación de la Escritura como ocupación habitual, utilizando las modernas herramientas de esta ciencia (análisis histórico-literario, estudios lingüísticos, religiones comparadas, etc.)

Mi formación en teología no ha sido sistemática, sino que por interés propio, y por tener que desarrollar un ministerio, como laico, encargado de la enseñanza y formación espiritual de adultos católicos en grupos de oración, he ido haciendo cursos y seminarios variados, sobre diversos temas doctrinales católicos, aunque lo principal ha sido la lectura y estudio de libros de Teología Dogmática y de Teología Ascética y Mística, además de obras de autores clásicos sobre espiritualidad católica.

Como paralelamente, durante los últimos veinte años, he trabajado en la formación espiritual avanzada de laicos adultos, en un proyecto que ha crecido y tomado forma hasta que desembocó en la actual “Escuela de Oración y Crecimiento Espiritual” (ver su Página Web), donde hemos ingresado a la experiencia de la contemplación infusa, yo mismo he vivido, al menos en sus estadios iniciales, este proceso de transformación interior.

Descubrí entonces lo que significa la acción de los siete dones del Espíritu Santo sobre la inteligencia y voluntad humanas, y como poco a poco se va eliminando el razonamiento discursivo natural del entendimiento del hombre, siendo reemplazado por la luz intuitiva que dan los dones “intelectuales” (entendimiento, sabiduría, ciencia y consejo) en la llamada “contemplación infusa”, que es necesario aclarar que, si bien es una experiencia que nace en la oración, luego se transforma en una acción que impregna en otros momentos las acciones de la meditación, en especial en lo referente a la Palabra de Dios.

Esto es lo que se podría denominar “lectura espiritual” de la Escritura, lo que significa estar leyendo bajo la gracia del Espíritu Santo que produce la visión intuitiva de la virtud de la fe y, por ende, el conocimiento de las verdades divinas. Bajo este proceso de “lectura espiritual” he ido estudiando y escribiendo el contenido de este libro, además de muchas otras tareas similares que he encarado sobre otros temas.

El Catecismo de la Iglesia Católica de 1992 explica con claridad como en la vida de la Iglesia va creciendo la inteligencia de la fe, tomando lo que define la Constitución dogmática “Dei Verbum”:

“94 Gracias a la asistencia del Espíritu Santo, la inteligencia tanto de las realidades como de las palabras del depósito de la fe puede crecer en la vida de la Iglesia:
-«Cuando los fieles las contemplan y estudian repasándolas en su corazón» (DV 8); es en particular la «investigación teológica [...] la que debe profundizar en el conocimiento de la verdad revelada» (GS 62,7; cfr. Ibíd., 44,2; DV 23; Ibíd., 24; UR 4).
-Cuando los fieles «comprenden internamente los misterios que viven» (DV 8); Divina eloquia cum legente crescunt («la comprensión de las palabras divinas crece con su reiterada lectura», San Gregorio Magno, Homiliae in Ezechielem, 1,7,8: PL 76, 843).
-«Cuando las proclaman los obispos, que con la sucesión apostólica reciben un carisma de la verdad» (DV 8).”

Por lo tanto es necesaria la aplicación de estos tres principios para la adecuada comprensión de las verdades de la fe: el estudio de las escrituras apoyado en la teología católica desarrollada, la comprensión de las palabras divinas por la vivencia interior resultado de la “lectura espiritual” y la aceptación de los dogmas proclamados por el Magisterio de la Iglesia, y esto mismo es lo que he intentado llevar a cabo en este estudio.

¿Significa lo expresado que todo lo escrito ha sido inspirado por el Espíritu Santo? De ninguna manera, ya que la acción de los dones del Espíritu Santo, en aquellos que no tienen una contemplación avanzada hasta los grados de unión con Dios más profunda como en mi caso, que recién estoy en las primeras etapas de la misma, se manifiesta en forma intermitente, en forma paralela al razonamiento natural, por lo que inevitablemente se mezclan ambas cosas, y, diríamos, la acción del Espíritu Santo se “contamina” permanentemente con el razonamiento propio del sujeto, a partir de lo cual aparecen errores y conceptos humanos que terminan por confundirse con las mociones recogidas por los dones.

Por eso el resultado es una mezcla que debe ser discernida, utilizándose solamente lo que resulte ser verdadero, y desechando y reemplazando lo que provenga nada más que del razonamiento humano, influenciado por lógica por las ideas externas, las del mundo. Siendo esto así hay que tener claro el alcance de lo que se desarrolla en este estudio, cuyo objetivo, como ya expuse en el Prólogo, es que lo que haya de inspirado en él sirva de base para ulteriores estudios y desarrollos por aquellos que se encuentren dedicados a estas actividades con mayor capacidad que la mía.

Obviamente al preparar este trabajo también he leído y consultado una buena cantidad de literatura disponible sobre el tema, es decir, no se ha desechado nada de lo que existe, al menos de los autores más reconocidos en idioma español e italiano, utilizando los conceptos que tiene relevancia en cuanto a la doctrina que he desarrollado. Al respecto quiero precisamente referirme a los métodos “modernos” de la teología, de la crítica escriturística actual, que examina a fondo el historicismo de los pasajes bíblicos, realiza el análisis literario pormenorizado de los textos, estudia la lingüística y utiliza otras herramientas exegéticas disponibles en estos tiempos.

De todo esto surgen a veces conclusiones que, al menos para mí, sólo provocan confusiones y errores, al menos cuando trascienden los ámbitos puramente académicos, como cuando se dice que tal o cual evangelista tomó lo que escribió de determinadas fuentes de su época, o que un pasaje íntegro de los evangelios no refleja palabras o hechos verdaderos de Jesús, sino que es un agregado de quien escribió el texto, con alguna intención teológica o pastoral propia.

De pronto el cristiano común se enfrenta a estas cosas que lo llenan de dudas e interrogantes: ¿serán éstas palabras de Jesús o las inventó el que escribió el Evangelio para reflejar sus ideas personales o las de su comunidad? ¿Hasta dónde tengo que creer que lo escrito en la Biblia es Palabra de Dios, y no simplemente palabras de hombres interesados en transmitir su versión?

Al leer los Evangelios con estas ideas dando vueltas en la mente, se pierde el gozo de vivir lo dicho y enseñado por el Señor, y cuando uno interpreta algo referente a un pasaje bíblico, no sabe realmente si corresponde a lo que Jesús pensaba o decía, o se refiere a un agregado de alguien ajeno al Señor.

Yo, personalmente, sigo creyendo que hay que leer toda la Biblia como Palabra de Dios, teniendo claro que es el Espíritu Santo quien ha inspirado a los autores sagrados, aunque en ella no encontremos versiones taquigráficas o magnetofónicas de las palabras vertidas por Yahveh a los profetas en el Antiguo Testamento, o por Jesús a sus apóstoles y discípulos en el Nuevo. Las herramientas exegéticas modernas sin duda son útiles, pero por sí solas no pueden reflejar más que de manera incompleta y parcial lo que Dios ha querido revelar.

Como síntesis de lo expresado quiero referirme a lo dicho sobre este tema por alguien con muchísima más autoridad y conocimiento que yo, nada menos que el Predicador del Papa, el Padre Raniero Cantalamessa. En oportunidad de la cuaresma del 2007, el P. Cantalamessa, en su predicación ante el Papa Benedicto XVI y la Curia, el 23 de marzo de ese año, expresó lo siguiente, como introducción al tema de las Bienaventuranzas:

“La investigación sobre el Jesús histórico, hoy tan en auge –tanto la que hacen estudiosos creyentes como la radical de los no creyentes– esconde un grave peligro: el de inducir a creer que sólo lo que, por esta nueva vía, se pueda remontar al Jesús terreno es «auténtico», mientras que todo lo demás sería no-histórico y por lo tanto no «auténtico». Esto significaría limitar indebidamente sólo a la historia los medios que Dios tiene a disposición para revelarse. Significaría abandonar tácitamente la verdad de fe de la inspiración bíblica y por lo tanto el carácter revelado de las Escrituras.
Parece que esta exigencia de no limitar únicamente a la historia la investigación sobre el Nuevo Testamento comienza a abrirse camino entre diversos estudiosos de la Biblia. En 2005 se celebró en Roma, en el Instituto Bíblico, una consulta sobre «Crítica canónica e interpretación teológica» («Canon Criticism and Theological Interpretation») con la participación de eminentes estudiosos del Nuevo Testamento. Aquella tenía el objetivo de promover este aspecto de la investigación bíblica que tiene en cuenta la dimensión canónica de las Escrituras, integrando la investigación histórica con la dimensión teológica.
De todo ello deducimos que «palabra de Dios», y por lo tanto normativo para el creyente, no es el hipotético «núcleo originario» diversamente reconstruido por los historiadores, sino lo que está escrito en los evangelios. El resultado de las investigaciones históricas hay que tenerlo enormemente en cuenta porque es el que debe orientar a la comprensión también de los desarrollos posteriores de la tradición, pero la exclamación «¡Palabra de Dios!» seguiremos pronunciándola al término de la lectura del texto evangélico, no al término de la lectura del último libro sobre el Jesús histórico.
Las dos lecturas, la histórica y la de fe, tienen entre sí un importante punto de encuentro. «Un evento es histórico –escribió un eminente estudioso del Nuevo Testamento– cuando asoman en él dos requisitos: ha "sucedido" y además ha asumido una relevancia significativa determinante para las personas que estuvieron involucradas en él y establecieron su narración». Existen infinitos hechos realmente ocurridos que, en cambio, no pensamos en definir «históricos», porque no han dejado huella alguna en la historia, no han suscitado ningún interés, ni han hecho nacer nada nuevo. «Histórico» no es por lo tanto el descarnado hecho de crónica, sino el hecho más el significado de él.
En este sentido, los evangelios son «históricos» no sólo por lo que refieren verdaderamente ocurrido, sino por el significado de los hechos que sacan a la luz bajo la inspiración del Espíritu Santo. Los evangelistas y la comunidad apostólica antes que ellos, con sus añadidos y subrayados diversos, no hicieron sino evidenciar los diferentes significados o implicaciones de un determinado dicho o hecho de Jesús.
Juan se preocupa de hacer que se explique anticipadamente por Jesús mismo este hecho cuando le atribuye las palabras: «Mucho tengo todavía que deciros, pero ahora no podéis con ello. Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa; pues no hablará por su cuenta, sino que hablará lo que oiga y os anunciará lo que ha de venir» (Jn 16,12-13).”

Adhiero completamente a lo expresado por el Predicador de la Casa Pontificia, que nos vuelve a recordar que es el Espíritu Santo quien ha inspirado todo lo escrito en la Biblia, y Él es quien desea que lo comprendamos de la misma manera, es decir, leyendo los textos bajo la luz que nos da a nuestro entendimiento humano a través de la virtud de la fe, perfeccionada por los dones de inteligencia, ciencia, sabiduría y consejo.

Quedan así planteados los elementos necesarios para la mejor comprensión de este estudio, con la descripción a vuelo de pájaro de su contenido y organización. Sólo resta entonces internarse en su lectura, que, una vez más, va acompañada por el deseo que sea provechosa para quién la aborde, y que pueda aportar lo que esté buscando el lector que ha decidido recorrer estas páginas.

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